Esta mañana tenía una resaca de cojones. El edificio estaba en silencio total, solo se oían mis pasos arrastrándose por las escaleras hasta el sótano. La lavandería común, con esa luz tenue filtrando por las rejillas de ventilación. Y ahí estaba él, mi vecino del quinto, Javier. Hombre de unos treinta, cuerpo atlético, en leggins negros ajustados y camiseta sin mangas. Hacía yoga frente a la ventana empañada, imitando a una tipa en la tele de su móvil.

—Hola, Laura… ¿Bien dormida? —me dijo con una sonrisa pícara, sin parar el movimiento.

La tensión sube en el sótano compartido

—Ehh… más o menos. ¿Y tú tan temprano? —murmuré, acercándome al tendedero.

Se giró un segundo, y vi cómo sus ojos bajaban a mi pijama corto. Sus caderas se movían al ritmo, ese culito marcado… Joder, mi coño se mojó al instante. Me ofreció café de su termo.

—Gracias… —dije, y noté cómo mi pezón se endurecía bajo la tela fina.

Estaba a plat ventre, levantando el torso como en la cobra. Veinte minutos de eso, y mi clítoris palpitaba. De repente:

—Ven, ayúdame. Ponte detrás y tira de mis brazos —ordenó, sin mirarme, tendiéndolos hacia atrás.

Me acerqué, corazón latiendo fuerte. Oí un ruido lejano en el pasillo, pasos. Agarré sus antebrazos, firmes. Él avanzó el torso, y de golpe… reculó el culo. Su raja se apretó contra mi monte de Venus. No, espera, yo estaba detrás, pero él tenía la polla dura asomando por el leggin. Joder, la sentí clavarse en mi tripa.

—¿Te gusta? —susurró, frotándose despacio.

Petrificada. Placer y miedo. Alguien podía bajar. Pero el roce… paradise. Iba a soltarle para agarrarle las caderas cuando:

—Vale, suéltame ya —dijo, enderezándose con una risita.

Confundida, me aparté. Él se sentó en el suelo, sudor perlando su piel morena. Recordé anoche, en el bar del barrio. Él ligando con todas, desapareciendo quince minutos con una camarera. Salió ajustándose el pelo, ella sonrojada. El cabrón no tenía prejuicios.

Necesitaba correrme. Me escondí tras las lavadoras, metí mano en mi braguita. Imaginé su polla en mi boca, follándome el culo. Abrí los ojos: él me miraba, con esa pose aristocrática falsa.

Se levantó despacio, piernas largas desplegándose. Caminó hacia mí, ojos fijos.

—Ahora lo mismo… pero quítate las bragas —dijo, voz segura.

El polvo brutal y el secreto ardiente

—Joder, me has pillado… —reí nerviosa, bajándomelas.

Se asomó: —Mmm, coñito jugoso. Ven aquí.

Le rodeé, polla fuera ya, dura como piedra. La posé en su raja, frotando el leggin húmedo de sudor. Él se quitó la camiseta, pechos firmes. Los agarré, besé su nuca salada.

—¿Te mola el yoga mañanero? —gemí.

—Sí, acabo siempre con una buena follada —rió bajito.

Bajó el leggin a los tobillos, atrapado. Se giró: —Métemela. Estoy chorreando.

La guié a su coño empapado, embestida de un golpe. Gritito ahogado. La taladré fuerte, mano en su boca. Respiraciones jadeantes, eco en el sótano. Oí la puerta del ascensor… mierda.

—¿Te gusta la polla gorda por la mañana, Javier? ¿No te da miedo que bajen? —susurré.

—No… me pone cachondo. Ahora al culo. ¡Fóllame el ojete fuerte!

Salí del coño, glande en su ano. Entró suave, como mantequilla. La ramoneé, huevos chocando en su clítoris. Ella aullaba muffled.

—¡Me corro! ¡No pares! —se arqueó, orgasmazo anal, piernas temblando.

Aceleré, descargué leche en su culito prieto. Nos quedamos jadeando, cuerpos pegados, escuchando el silencio volver.

Al día siguiente, pasillo. Nuestras miradas se cruzaron. Sonrisa cómplice, roce de manos. El secreto quema. Quién sabe qué pasará la próxima vez en el ascensor.

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