Me llamo Lucía, tengo veinte años y soy una chica trans que se siente mujer desde siempre. Vivo en un viejo edificio en Madrid, con balcones que se miran y paredes finas como papel. Mi cuerpo es delgado, con culito redondo del gym, pechitos pequeños pero sensibles que se me ponen duros con nada, y mi polla… ay, mi polla grande, lisa y depilada, de la que estoy orgullosa. La escondo en tangas ajustados, pero cuando se empalma, es imposible disimular.

Todo empezó hace unas semanas. Era junio, calor pegajoso. Oí ruidos en el piso de enfrente: gemidos bajos, un jadeo masculino. Las persianas entreabiertas dejaban filtrar luz anaranjada del atardecer. Me acerqué sigilosa, corazón latiendo fuerte. Allí estaba él, Mateo, el vecino divorciado de treinta y pico, barba de tres días, brazos musculados bajo una camiseta blanca. Se masturbaba en el sofá, polla gorda en la mano, ojos cerrados. El aire olía a sudor y excitación. Me mojé al instante, mi polla tirando del tanga. Me toqué disimulando, pero no entré en su juego… aún.

La mirada furtiva y la tensión en el ascensor

Días después, en el ascensor. Pasos en el pasillo, eco hueco. Entró él, oliendo a colonia fresca. Nuestras miradas chocaron. ‘Hola, vecina’, murmuró con sonrisa ladeada. Yo, con falda corta y top ceñido sin sujetador, tetillas marcadas. ‘Hola…’. Silencio pesado, ascensor subiendo lento, luz parpadeante. Sentí su mirada en mis piernas, subiendo. Mi polla empezó a despertar, presionando. Él se acercó un paso, ‘¿Hace calor, no?’. Asentí, voz temblorosa: ‘Sí… mucho’. Sus dedos rozaron mi brazo ‘por accidente’. El ascensor pitó en mi piso. ‘¿Quieres pasar un rato?’, soltó de golpe. La barrera cayó. Entramos en mi piso, puerta entreabierta al rellano.

Puerta cerrada a medias, por si alguien pasaba. Me empujó contra la pared del pasillo, beso salvaje, lengua invadiendo. ‘Joder, Lucía, te vi mirándome aquella noche’, gruñó. Manos en mi top, pellizcando tetillas. Gemí bajito, miedo a que vecinos oyesen. Bajó mi falda, tanga al lado: ‘Mira qué polla tan rica, dura como piedra’. La agarró, masturbándome fuerte. Yo le bajé los pantalones: su verga gruesa, venosa, goteando. ‘Chúpamela’, ordenó. Me arrodillé en el suelo frío, pasillo estrecho. Boca llena, garganta profunda, saliva chorreando. Él jadeaba: ‘Sí, puta vecina, trágatela toda’. Ruido de puertas lejanas, pánico delicioso. Me levantó, me dio la vuelta: ‘Voy a follarte ese culito’. Escupió en mi ano, dedo dentro, luego dos. ‘¡Ahh, despacio!’, susurré. Pero empujó su polla cabezona, rompiéndome. Dolor-placer, me abrí como virgen.

El sexo brutal con gemidos ahogados y el secreto al día siguiente

Me follaba brutal, culazos profundos, huevos golpeando. ‘¡Cállate o nos pillan!’, pero gemía yo: ‘¡Más fuerte, jódeme el culo!’. Agarró mi polla, pajoteando al ritmo. Oímos pasos en el rellano, nos paramos, pollas latiendo. Reemprendió, bestial: ‘Voy a llenarte de leche’. Corrí primero, chorros en la pared, piernas temblando. Él gruñó bajo, capullo hinchado, semen caliente inundándome. Se corrió eternamente, yo rebosando. Sudor, olor a sexo crudo. Limpieza rápida con toallitas, risas nerviosas.

Al día siguiente, cruce en el pasillo. Luz mañanera filtrando por la ventana. ‘Buenos días, vecina’, guiño cómplice, su mano rozó mi culo disimulando. Yo, ruborizada: ‘Shhh, calla…’. Sonreímos, secreto ardiendo. Cada mirada ahora promete más. El edificio nunca fue tan excitante.

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