Era una noche normal, o eso creía. Salía de un bar con unas copas encima, camino a casa. Paso por esa discoteca swinger, la de siempre, la que me pone la piel de gallina. Dicen que está llena de trans, y yo… bueno, soy una tía abierta, con mi secretito entre las piernas que adoro compartir. Me excita el morbo, el riesgo de que nos pillen, sobre todo con vecinos.
De repente, veo a él. Mi vecino del bajo, el guapo tímido que se mudó hace poco. Está parado frente a la puerta, mirando, con esa cara de ‘¿y si entro?’. Solo, con un par de birras. Sonrío en la sombra. Cruzo la calle, tacones resonando en el asfalto húmedo por la lluvia fina. ‘¿Te apetece entrar, eh, pícaro?’, le suelto bajito, juguetona.
La tentación en la calle y el ascensor cargado de deseo
Se gira, ojos como platos. ‘¿Eh? ¿Qué…? Tú eres… ¿la del ático?’. Balbucea, ruborizado. La luz de un farol le ilumina la cara, sudada un poco. ‘No finjas, te he visto dudar. Quieres probar una trans, ¿verdad?’. Se queda mudo, pero su mirada baja a mis piernas, mis medias negras, la falda corta de cuero que apenas tapa mis nalgas firmes. Huele a su colonia mezclada con alcohol. ‘Yo… no sé…’. Hésite, pero no se mueve.
‘Vivo al lado, en el mismo bloque. Sube conmigo, un trago en mi casa y vemos’. El corazón me late fuerte, el ascensor nos espera, ese cubículo cerrado donde el aire se pone espeso. Entramos, puertas cierran con ese pitido. Estamos solos, cuerpos cerca. Siento su aliento acelerado, mi polla empieza a despertar bajo el tanga rojo. Apoyo la mano en su hombro, ‘Relájate, chaval, no muerdo… aún’. Él traga saliva, ojos fijos en mis tetas bajo la chaqueta ajustada. El ascensor sube lento, crujiendo, y yo rozo su paquete con la cadera. Tensión pura, como si fuéramos a follar ahí mismo.
Llegamos al ático. Abro la puerta, luces tenues filtrando por las persianas. ‘Aquí mando yo. O me obedeces o te vas. ¿Entendido?’. Asiente, paralizado. Me siento en el sofá, cruzo las piernas. ‘A rodillas, lame mis tacones’. Obedece, lengua en el cuero negro, mirándome con hambre. Mi coño palpita, pero es mi polla la que quiere fiesta. Le agarro el pelo, subo su cara a mi falda. ‘¿Quieres ver qué hay debajo? Te va a volver loco’.
La mamada salvaje y el secreto del pasillo
Levanto la falda, tanga roja, y ahí está: mi polla semi-dura, gorda, venosa. ‘Joder…’, murmura, pero no retrocede. ‘Chúpala, hazla dura con esa boca virgen’. Se lanza, torpe al principio, lamiendo el tronco flácido hasta las huevos peludas. Le cojo la cabeza, ‘Más profundo, cabrón, astilla el rabo’. Se pone a mamar como loco, saliva chorreando, mi verga creciendo en su garganta. ‘¡Sí, traga toda, puta! ¡Me encanta tu boquita de hetero primerizo!’. Gime, su polla tiesa en los pantalones. El sofá cruje, vecinos abajo podrían oír, y eso me pone más salvaje.
Le follo la boca fuerte, huevos golpeando su barbilla, ‘¡Lame las bolas, joder, chúpame el culo si quieres!’. Astiquo su pelo, embisto hasta el fondo, ahogándolo. Saco la polla, brillante de saliva, y me la meneo furiosa. ‘¡Abre, toma mi leche!’. Primera chorreada le salpica la cara, caliente, pegajosa. Segunda directo en la boca, amarga, espesa. Meto el glande, resto de corrida fontaneando en su garganta. ‘¡Traga todo, lame limpio, ni una gota!’. Obedece, lengua en cada vena, tragando como un campeón.
Se calma, yo jadeante, polla menguando. ‘Buen chico, primera prueba superada’. Lo dejo ir, desnudo y pegajoso. Al día siguiente, pasillo del edificio. Pasos en el suelo de mármol, luz mañanera por la ventana. Nos cruzamos, él con la bolsa de basura, yo en bata. Miradas cómplices, sonrisas sucias. ‘Buenos días, vecino’, digo ronca. Él ruborizado, paquete medio duro ya. ‘Sí… buenos días’. El secreto quema, promesa de más. El ascensor pita otra vez, tentándonos.