Buenas noches, o lo que sea. Vivo en un edificio viejo del centro, de esos con balcones que se miran y paredes finas como papel. Mi vecino del quinto, Javier, es alto, como 1,85, moreno, piel canela, ojos grises que hipnotizan. Siempre solo, o eso pensaba. Una noche de calor, oigo gemidos bajitos desde su balcón. La curiosidad me mata, ¿sabes? Abro un poco las persianas, la luz de su lámpara filtra amarilla, y allí está: en calzoncillos, se toca la polla. Pequeña, eh, como 9 cm tiesa, pero dura como piedra. Se menea rápido, suda, gime ahogado. Me mojo al instante, el corazón latiendo fuerte. Cierro todo, pero ya está, la imagen clavada.
Al día siguiente, ascensor. Entra él, olor a jabón fresco, camiseta ajustada marcando su torso lampiño. Nuestras miradas chocan, sonrío tonta. ‘¿Bien dormida?’, dice con voz ronca. ‘Calorazo anoche, ¿no?’, respondo, mordiéndome el labio. Silencio pesado, el ascensor sube lento, zumbido constante. Siento su mirada en mis tetas, el aire cargado. ‘Vi algo desde mi balcón’, suelto de golpe. Se pone rojo, traga saliva. ‘¿Sí? ¿Y qué viste?’. ‘Tu polla… pequeñita pero mona’. Puertas se abren en su piso. Me coge la mano, tira de mí. ‘Pasa, no grites’. Puerta cierra con clic, ya estamos dentro.
La mirada indiscreta y la tensión en el ascensor
Adentro, luz tenue, persianas entreabiertas, ruido de coches lejanos. Me empuja contra la pared, besa duro, lengua invasora. ‘Sabes mi secreto, ¿eh?’, murmura, manos en mi culo. Le bajo los pantalones, confirmo: polla mini, pero tiesa, venosa. ‘Me encanta’, digo, arrodillándome. Se la meto en la boca, chupa rico, salada, gime ‘joder, sí’. Dedos largos como de pianista me enredan el pelo. Me come el coño después, lengua experta, lamiendo clítoris hinchado, dedos dos dentro, curvados tocando el punto G. ‘¡Ah, cabrón!’, grito, paredes finas, ¿nos oyen? Me corro fuerte, jugos en su barbilla.
No aguanta más. ‘Fóllame’, pido. Saca un arnés de un cajón, polla de látex gorda, 20 cm, con agujero para la suya. ‘¿En serio?’, río nerviosa. ‘Prueba esto’. Me pone a cuatro patas en el sofá, ventana abierta un poco, brisa fresca en la piel sudada. Unta lubricante, entra el latex lento, me llena hasta el fondo, golpea el cérvix. ‘¡Sí, joder, más!’, chillo. Él embiste brutal, pollas chocando dentro, su mini dura frotando. Pasos en el pasillo fuera, nos paramos un segundo, jadeos. ‘Sshh’, susurra, pero sigue, más fuerte. Me corro otra vez, coño apretando, él gruñe ‘me vengo’. Semen caliente sale por el agujero, me inunda.
El polvo crudo y el secreto compartido al día siguiente
Caemos exhaustos, sudor pegajoso, olor a sexo por todo. ‘Eres increíble’, dice besándome. Me visto rápido, beso fugaz. ‘Mañana en el ascensor’. Salgo, piernas temblando.
Al día siguiente, pasillo. Cruce casual, ojos cómplices, sonrisas pícaras. ‘¿Dormiste?’, pregunta bajito. ‘Con sueños mojados’, guiño. Nadie sabe, pero el secreto quema entre nosotros. Cada mirada ahora es promesa de más.