Ay, chicas, no sé por dónde empezar. Vivo en este viejo edificio de Madrid, paredes finas como papel, siempre oigo todo. El otro día, pasos pesados en el pasillo, como de un tío que conquista el mundo. Miré por la mirilla: mi nuevo vecino, Víctor, alto, brazos como troncos, sudado de cargar cajas. Acababa de mudarse al piso de enfrente. Nuestras miradas se cruzaron esa misma tarde en el ascensor. Él oliendo a hombre, yo con el corazón latiendo fuerte. ‘Hola, vecina’, dijo con voz grave. Sonreí, noté cómo me recorría con los ojos. Esa noche no dormí, pensando en su polla dura bajo los pantalones.

Al día siguiente, me picaba el cuerpo. Me metí en la ducha, agua caliente resbalando por mis tetas. Me depilé el coño entero, suave como seda, cada pliegue impecable. Unté aceite perfumado, olor a jazmín egipcio que me pone cachonda. Luego, miel dorada: la unté en mis labios, chorreando por el cuello hasta las tetas firmes, y abajo, en mi coño húmedo, dulce y pegajosa. Mis criadas… bueno, mis amigas del gym me ayudaron, flipadas pero calladas. Me puse solo un chal azul fino, bordado, que deja ver todo si te mueves. Desnuda debajo, salí al pasillo. Luz tenue filtrando por las persianas, aire fresco del balcón abierto. Llamé a su puerta. Corazón en la garganta.

La tensión que sube en el edificio

Abrió en calzoncillos, sorprendido. ‘¿Qué…?’. Entré, cerré la puerta. El chal cayó. ‘Soy Ariadna, tu vecina. Te ofrezco todo. Mi coño virgen de polla ajena esta semana, miel en mis labios, tetas y chocho. Pruébalo’. Me quedé ahí, brazos arriba, tetas empujadas, coño a la vista, depilado y brillante. Él tragó saliva, ojos en mi pubis. ‘Joder, estás loca… pero qué puta delicia’. Se acercó, lamió la miel de mis labios, luego tetas, mordisqueando pezones duros. Bajó, lengua en mi coño, chupando miel y mis jugos. ‘Dulce como la gloria’, gruñó.

El polvo brutal y el secreto compartido

Me llevó al balcón, persianas entreabiertas, riesgo de que los de abajo vean. ‘Aquí, con el peligro’. Me puso de rodillas, saqué su polla gorda, venosa, curva como un arco. La masturbe lento, manos untadas en aceite, tres veces le saqué la leche espesa, caliente, la unté en mi tripa y tetas. ‘No perdamos ni gota’. Luego, boca: chupé fuerte, garganta profunda, cinco leches tragué, saladas y dulces. Grité bajito de gusto, pero oí pasos en el pasillo, ¡mierda, vecinos! Él me giró, contra la barandilla, me folló el culo. Siete embestidas brutales, polla abriéndome, dolor y placer mezclados. ‘¡Ah, joder, rómpeme!’, gemí. Aceite chorreando, slap-slap de carne. Perlas imaginarias en mis tobillos por cada corrida.

No me folló el coño aún, sello intacto. Durmió conmigo esa noche, balcón abierto, aire fresco en nuestra piel sudada. Al día siguiente, en el pasillo, cruzamos miradas. Él con sonrisa pícara, yo con chal suelto, coño aún palpitando. ‘Buen día, vecina. ¿Lista para más?’. Asentí, ruborizada. Oí a la del 3º carraspear, ¿nos oyó? El secreto quema, frisson delicioso. Ahora cada noche, bajo, ofrenda lista. Miel fresca, aceite, y su polla me marca como suya.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *