Ay, chica, aún me tiemblan las piernas al recordarlo. Soy Carmen, vivo en este bloque viejo del centro, paredes finas como papel, siempre oyes los gemidos de los vecinos. Hace una semana llegó Laura, la nueva del 3B, una chavala de unos 20, salida de un convento o algo, vestida como monja, tímida perdida. La vi cargando cajas en el pasillo, sudada, con esa falda larga hasta los tobillos. Le eché una mano, ‘Ven, déjame ayudarte’, le dije. Charlamos, se mudaba sola, necesitaba ropa normal. ‘Prueba la mía, tengo de todo’, la invité a mi piso.
Entramos, el pasillo crujía bajo nuestros pies, olor a pintura fresca y su perfume barato. La llevé a mi cuarto, tiré un montón de ropa en la cama: faldas cortas, vestidos ceñidos, tangas. ‘Ponte esto, verás qué guapa’. Se metió detrás del biombo, yo en la cocina sirviéndome un vino. Oí roce de tela, respiraciones cortas. ‘¿Todo bien?’, pregunté asomándome. Silencio. ‘¿Laura?’ Empujé el biombo suave, y ahí estaba: un vestidito azul oscuro, plisado bajo los pechos, acabando en medio de los muslos. Ruborizada hasta las orejas, cu thighs al aire, perfectas, lisas.
La sorpresa en la habitación
‘Estás… preciosa’, balbuceé, sintiendo un calor en el chocho. No podía quitarle los ojos de las piernas desnudas, el triángulo blanco del tanga asomando. ‘No puedo ponérmelo, es muy corto…’, murmuró ella, roja como tomate. ‘Déjame ver bien’. Me acerqué, levanté el bajo del vestido. ‘¡No!’, intentó taparse, pero ya vi todo: vientre plano, piel suave, el tanga de encaje apretando su montañita, el hueco de la ingle. Ambas nos ardíamos la cara. Dudé, ‘Solo para ver si va bien…’. Y ella, temblando, levantó sola el vestido hasta el ombligo. Dios, qué vista: coño abultado bajo la tela fina, labios marcados. Mi clítoris palpitó.
‘¿El resto?’, pregunté ronca. ‘Igual…’. Dejó caer el vestido, pero se miró al espejo, hipnotizada. Vi su mano bajar despacio, rozar el tanga justo en el centro. Dedos presionando, ojos cerrados. El aire se espesó, oí su jadeo suave. Me quedé paralizada, excitada como nunca. El riesgo, la puerta abierta al pasillo, vecinos pasando… Abrí más el biombo, ‘¿Te gusta tocarte así?’. Ella se congeló, mano quieta en el coño. ‘Yo… lo siento…’. ‘No pares, nena. Es normal, todas lo hacemos’. Se mordió el labio, siguió frotando lento, gimiendo bajito.
El polvo salvaje y el secreto compartido
La barrera cayó. Me acerqué, le quité el tanga de un tirón. ‘Déjame ayudarte’. Su coño depilado, húmedo, rosado, chorreando. Metí dos dedos dentro, caliente, apretado. ‘¡Ahhh!’, gritó suave, tapándose la boca. La besé el cuello, mordí tetas duras bajo el vestido. Ella me bajó los pantalones, ‘Carmen… tu coño…’. Me tocaba el clítoris, torpe pero ansiosa. Nos tiramos en la cama, piernas enredadas. Le comí el coño con lengua, chupando labios hinchados, clítoris duro como piedra. ‘¡Joder, sí, lame mi chochito!’, gemía ella, arqueándose. Oí pasos en el pasillo, corazón a mil, pero no paramos. La penetré con dedos, tres, follándola fuerte, jugos por todas partes. Ella me metió la lengua en el culo, lamiendo ano, luego coño. ‘¡Me corro, Carmen!’. Chorros calientes en mi cara, temblando. Yo cabalgué su muslo, restregando coño hasta explotar, gritando ‘¡Fóllame más!’.
Agotadas, sudadas, olor a sexo por toda la habitación. ‘Nadie puede saberlo’, susurró ella, besándome. Me vestí rápido, la dejé con la ropa. Al día siguiente, en el ascensor, solos. Nuestras miradas se cruzaron, sonrisas culpables. Su mano rozó mi culo disimulo, ‘Anoche… increíble’. Bajamos, vecinos saludando, pero entre nosotras, fuego secreto. Cada crujido de puerta me excita ahora, pensando en su coño mojado.