Era una tarde de primavera, el sol filtrándose por las persianas del salón. Estaba en mi piso del tercero, tomando un café, cuando la vi. Mi vecina del quinto, Brigitte, saliendo al balcón con ese vestido ceñido que le marcaba las tetas enormes. Se inclinó para regar las plantas, y zas, el escote se abrió. Pezones duros contra la tela fina. Me quedé mirando, el corazón latiéndome fuerte. Ella giró la cabeza, como si sintiera mis ojos. Sonrió, pícara, y se mordió el labio antes de entrar.
Al día siguiente, coincidimos en el ascensor. Subía del gym, sudada, leggings ajustados. Ella entró en la cuarta, con una falda plisada corta y blusa blanca casi transparente. El armazón del sujetador se notaba, tetas bailando. “Hola, guapa”, dijo, voz ronca. El ascensor zumbaba, luz parpadeante. Nuestros brazos se rozaron. “Hace calor aquí, ¿no?”, murmuró, abanicándose. Sentí su perfume, muguete dulce. La miré fijo. “Sí, mucho…”. Su mano rozó mi cadera. “Tu marido… ¿dónde está?”, pregunté, sabiendo que era un cabrón infiel. “Con su puta, como siempre”. El ascensor pitó en el quinto. “Ven conmigo”, susurró, tirando de mi mano. La puerta se abrió al pasillo vacío, pasos lejanos abajo.
La mirada que lo cambió todo
Entramos en su piso. La puerta se cerró con un clic. Me empujó contra la pared del pasillo, besándome salvaje. Lenguas enredadas, saliva. “Quiero follarte ya”, jadeó. Le arranqué la blusa, tetas libres, enormes, pezones rosados. Chupé uno, mordí suave. Ella gimió, “¡Ay, sí!”. Manos en mi culo, bajando el legging. Mi coño ya chorreaba. La llevé al balcón, aire fresco de la noche entrando. Luces de los vecinos parpadeando. “Aquí… nos pueden ver”, dijo, excitada. “Mejor”, respondí, quitándole la falda. Culotte de algodón floreado empapada. La tiré al suelo.
La puse contra la barandilla, de rodillas. Polla no, yo soy mujer, pero su lengua en mi coño… Le abrí las piernas, muslos gruesos temblando. Lamí su raja, salada, hinchada. “¡Joder, qué buena estás!”, gruñí. Dedos dentro, dos, tres, chapoteando. Ella se arqueó, tetas colgando, gimiendo alto. “Calla, nos oyen”. Pero no paró, frotando mi clítoris. Me puse de pie, la giré. Ano apretado, lo lamí, aceite de oliva de la cocina cerca. “No… sí… métemelo”. Dedo en el culo, mientras frotaba su coño. Gritó, orgasmo fuerte, jugos por mis dedos.
El clímax en el borde del abismo
Ahora ella al mando. Me tumbó en la tumbona del balcón, piernas abiertas. Lengua experta en mi chochito, chupando clítoris. “¡Más fuerte!”, supliqué. Brisa fría en la piel sudada, vecinos charlando abajo. Sentí el peligro, excitante. Dos dedos en mi coño, otro en el culo. Bombeaba, yo me retorcía. “Me corro… ¡ahhh!”. Explosión, temblando. Pero quería más. La monté, tribbing, coños frotándose, resbaladizos. Tetas contra tetas, sudor mezclándose. “Fóllame como a una puta”, jadeó. Ritmo feroz, barandilla crujiendo. Otro orgasmo mutuo, gritando bajito, mordiéndonos.
Terminamos jadeando, desnudas bajo la luna. Preservativo no, pero limpias. Se rio, “Mañana no digas nada”. Le di un beso, salí sigilosa. Pasillo oscuro, corazón a mil.
Al día siguiente, cruzamos en el rellano. Ella con bata, yo con chándal. Ojos que se comen. “Buenos días…”, sonrisa secreta. Su mano rozó la mía. “Repetimos?”, susurró. Bajamos en ascensor, silencio cargado. El secreto quema, delicioso. Ahora cada mirada es promesa de más.