Era una noche de agosto asfixiante, de esas que te pegan la ropa al cuerpo como una segunda piel. Yo, tirada en el sofá del salón, con solo unas braguitas de encaje negro y el ventilador zumbando inútilmente. Los vecinos del quinto, esa pareja separada que se odiaban pero follaban como animales, siempre dejaban las persianas entreabiertas. Y yo… yo no podía resistirme a mirar.

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Allí estaba ella, Marta, la morena tetona de cuarenta y pico, con su piel bronceada y esas curvas que te hacen mojar solo de verlas. Se había quitado la camiseta, sudada, y se masajeaba los pechos enormes mientras su ex la lamía el coño desde atrás. El ruido de los gemidos se colaba por la ventana abierta, mezclado con el chirrido del colchón. ‘¡Joder, métemela ya!’, gritaba ella. Mi clítoris palpitaba, me toqué despacito, imaginando que era yo la que la comía.

La mirada que lo cambió todo

De repente, sus ojos se clavaron en los míos a través del visillo. Sonrió, pícara, sin parar el movimiento. Me hizo un gesto con la mano, como diciendo ‘ven’. El corazón me latía fuerte. ¿Había sido casual? Me levanté, me puse un short cortito que me marcaba el culo y una camisita suelta, sin sujetador. Bajé al ascensor, el aire caliente del pasillo oliendo a sudor y sexo.

El ascensor pitó. Ella entró, aún con el pelo revuelto y las mejillas rojas. ‘¿Espiando, vecinita?’, susurró, acercándose tanto que sentí su aliento en el cuello. Olía a sexo reciente, a coño mojado. ‘No pude evitarlo… estabas tan… caliente’, balbuceé. Sus dedos rozaron mi muslo. ‘¿Quieres probar de verdad?’. El ascensor se paró entre pisos. Pulsó el botón de stop. Sus labios chocaron con los míos, lengua dentro, salvaje. Me arrinconó contra la pared metálica, fría contra mi espalda ardiendo.

El secreto en el pasillo

‘¡Shh, que nos oigan!’, jadeé, pero ella ya me había bajado el short. ‘Me encanta el riesgo, zorrita’. Sus dedos gruesos me abrieron el coño, chorreante. ‘Mira cómo estás de húmeda por mí’. Me metió dos, luego tres, bombeando rápido. Gemí alto, el eco en el ascensor como un grito de puta. Le mordí el hombro para callarme. Ella se bajó los pantalones, su coño peludo y hinchado a la vista. ‘Lámemelo, ahora’. Me arrodillé en el suelo sucio, lengua en su clítoris, saboreando su flujo salado. ‘¡Sí, joder, así! ¡Come mi coño!’.

La puse de pie, cara contra el espejo. Le abrí las nalgas, rosada y apretada. Escupí en su ano y metí un dedo, luego dos. ‘¡Fóllame el culo, vecina!’. Empujé fuerte, sintiendo cómo se abría. Ella se retorcía, gimiendo ‘¡Más, cabrona, destrózalo!’. Mi mano libre en su coño, frotando el clítoris hasta que squirteó, chorros calientes en mis tetas. Yo exploté también, rodillas temblando, el ascensor oliendo a corrida.

Paramos jadeando, sudorosas. Pulsó el botón, subimos. ‘Esto queda entre nosotras’, murmuró, besándome suave antes de salir. Al día siguiente, en el pasillo, con bolsas de la compra. Nuestras miradas se cruzaron, sonrisa cómplice. ‘Buenas tardes… vecina’, dijo bajito, rozando mi mano. Sentí el calor subir otra vez. El ascensor pitó vacío. El secreto ardía, listo para más.

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