Tengo 55 años, divorciada, hijos lejos. Vivo en este edificio viejo cerca del mar, en una urbanización tranquila del País Vasco. Inviernos duros, soledad que pesa. Mi vecina del piso de al lado, Concha, unos 60, siempre con maquillaje exagerado, sonrisa pícara y unas tetas que no caben en el sujetador. La he visto entrar y salir, piernas enfundadas en medias, faldas ceñidas. Me intriga.
Ayer, ruido de bolsas en el pasillo. Me asomo por la mirilla. Vuelve de las ventas, cargada de paquetes. Lencería fina, tangas diminutas, sujetadores push-up. ¿Para qué, con este frío? El ascensor llega, entro detrás de ella. Huele a perfume dulce, mezclado con algo más… animal. ‘¿Qué tal, vecina? ¿Compras para el invierno?’, digo, riendo nerviosa. Ella gira, ojos brillantes. ‘Para el calor que viene, guapa. ¿Subes?’. Sus pechos rozan mi brazo. El ascensor tiembla, luz parpadea. Silencio espeso. Siento su mirada bajando por mi cuerpo. ‘Pareces sola, como yo. ¿Café en mi casa?’. Dudo. El corazón late fuerte. Puerta del ascensor se abre en su piso. ‘Vale… solo un rato’.
La mirada indiscreta y la tensión en el ascensor
Entra, deja bolsas. Su piso huele a vainilla y sexo viejo. Saco de lencería sobre la mesa. ‘Míralo, Luce. Para mis viajes. Allí me follo a quien quiero, jóvenes con pollas duras’. Se ríe, se sienta cerca, pierna contra la mía. ‘¿Y tú? ¿No te abres?’. Manos en mis rodillas. Calor sube. ‘Yo… no sé’. Me besa el cuello, suave. ‘Prueba esto’. Saca un tanga negro, me lo pasa por los labios. Húmedo ya. Nos besamos, lenguas torpes al principio. Sus tetas enormes contra mí, pezones duros pinchando.
Caemos al sofá. Le arranco la blusa. Tetas caídas pero suaves, pezones morados, grandes. Los chupo, muerdo suave. Gime bajito, ‘¡Ay, sí, así!’. Mano en mi falda, sube. ‘Estás mojada, puta’. Dedos en mi coño, resbaladizo. Frota el clítoris, rápido. Yo le meto mano bajo la falda, tanga aparte, coño peludo, chorreando. ‘¡Joder, qué rica!’, digo. Le meto dos dedos, bombea. Ruido de succiones, sofás cruje. ‘Cállate, que nos oigan los del piso de abajo’, susurra, pero gime más fuerte. Se pone a cuatro, culo gordo en pompa. Le lame el culo, lengua en el ano. ‘¡Más profundo!’. Yo me siento, ella entre mis piernas, chupando mi coño como loca. Lengua en el agujero, dientes en labios. Me corro primero, ahogada, jugos en su cara. ‘¡Bebe, zorra!’. Luego la monto, dedos en coño y culo, tres adentro. Grita, tiembla, squirt en el sofá. Olor a sexo fuerte, sudor. Nos frotamos coños, clítoris contra clítoris, resbalosas. Orgasmo doble, jadeos. ‘¡Me vengo, me vengo!’.
El clímax prohibido y el secreto compartido
Agotadas, nos vestimos. ‘Vuelve cuando quieras, vecina’. Sonrisa. Salgo, piernas temblando. Pasillo vacío, luz amarilla.
Hoy, cruce en el ascensor. Ojos se encuentran, sonrisa secreta. ‘Buenos días… ¿dormiste bien?’, dice, guiño. Manos rozan. Subimos en silencio, aire cargado. Sé que volverá. El edificio ya no es el mismo. Secreto nuestro, prohibido, delicioso.