Vivo en un edificio viejo de Madrid, de esos con balcones que se miran de reojo. La del 4A, Antonella, es una morena de unos cuarenta, curvas que matan, siempre con faldas ajustadas. El casado del 3B, un tipo con pinta de oficinista, ojos oscuros y esa sonrisa culpable. Los pillé una tarde, fin de jornada. Pasos en el pasillo, tacones que retumban, su risa ahogada. Me asomé por la rendija de la puerta, corazón latiendo fuerte. Él la seguía a un metro, mirada clavada en su culo. Ella giró la cabeza, pliegue de párpado, pacto silencioso. Subían al ascensor juntos. Puertas que se cierran con ese zumbido metálico. Esperé, bajé las escaleras despacio, oreja atenta.

El ascensor paró en el sótano, luces fluorescentes parpadeando. La buanderie común, lavadoras ronroneando, olor a detergente y humedad. Entraron juntos, fingiendo casualidad. Yo me colé sigilosa, escondida tras una pila de sábanas sucias. Voces bajas: “Rápido, que mi marido…”. Él la arrinconó contra la pared de azulejos fríos, besos voraces, lenguas chocando. Manos bajo la falda, ella jadeando bajito. “Chúpame ya”, murmuró ella. Él se arrodilló, falda arriba, braga blanca bajada a los tobillos. Lengua en su coño, lamidas rápidas, ella agarrándole el pelo, cadera empujando. Gemidos que rebotan en las paredes, miedo a que alguien baje. Luz filtrando por la rejilla, sombras bailando.

La tensión que vi crecer en el pasillo

Yo agachada, humedad entre mis piernas, no podía parar de mirar. Culito redondo expuesto, él devorándola como loco, dedos metidos, dos, tres. Ella temblaba, “Sí, joder, así”. Orgasmos cerca, pero él egoísta, se levantó, cremallera abajo, polla dura fuera. La giró, falda en la cintura, entró de golpe. Follando duro, palmadas contra el azulejo, “Cállate, puta”. Ella mordiéndose el labio, decepción en los ojos cuando me vio por debajo de la puerta entreabierta. No gritó. Sonrió, pícara, invitándome con la mirada. Él eyaculó rápido, gruñendo como animal, se subió todo y se piró sin mirar atrás. Silencio pesado, lavadoras zumbando.

El polvo brutal y el placer compartido

“Ven”, susurró ella, voz ronca, puerta entreabierta. Dudé un segundo, palpitando. Entré, ella sentada en la secadora, piernas abiertas, coño mojado brillando, olor a sexo fuerte. Piel caliente, sudor. Me cogió la mano, la metió directo en su chocho resbaladizo. “Tócame tú, que él es un bruto”. Dedos dentro, suaves al principio, luego duros, frotando el clítoris hinchado. Gemí, “Joder, qué rico”. Se bajó mi pantalón, mano experta en mi raja, dos dedos clavados, polla de mujer no, pero mejor. Nos besamos, lenguas enredadas, saliva dulce. “Más adentro”, pedí. Ella aceleró, yo en su teta, pezón duro como piedra, chupando fuerte. Orgasmos gemelos, chorros calientes, piernas temblando, ahogando gritos contra hombros. Sudor mezclado, risas nerviosas después.

“Me llamo Chiara”. “Antonella, ya lo sabes”. Números cambiados, promesa de más. Subimos en el ascensor, olor a nosotros pegado a la piel. Al día siguiente, pasillo. Nuestras miradas se cruzan, sonrisa secreta, roce de manos al pasar. Él por ahí, ajeno. El edificio ya no es el mismo, cada puerta esconde fuego. Cada ascensor, una promesa.

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