Era un domingo de verano en Madrid, nueve de la mañana. El sol pegaba fuerte en la placita de nuestro edificio viejo, donde montan la brocante cada semana. Gente de todos lados: vecinos cotillas, familias, algún turista perdido. Yo bajé temprano, con ganas de cazar algo vintage para mi piso. Me puse mi body blanco ajustado, escotado hasta el ombligo, sin sujetador. Mis tetas firmes se marcaban, las areolas oscuras traslúcidas bajo la tela fina. Pantalón corsario azul claro, ceñido a mis culitos redondos, y tacones blancos que me hacían menear las caderas. Me sentía sexy, liberada de mi marido tieso.
Lo vi de lejos. Mi vecino del quinto, calvo, cincuentón, cuerpo atlético para su edad. Siempre solo, casado pero aburrido, lo sé por las paredes finas. Removía una caja de libros en un puesto. Me pilló mirándolo mientras me agachaba por una vajilla. Nuestros ojos chocaron. Sus pupilas se clavaron en mi escote, en el surco entre mis tetas. Sentí un calor subir. Él sonrió, yo fingí no darme cuenta, pero seguí chafardeando, contoneándome más.
La chispa en la brocante
Me siguió a unos metros, discreto, como un lobo. Oía sus pasos en el empedrado, el roce de su camisa de lino claro. Cuando me paré en un puesto de porcelanas, toqué una taza azul cobalto. ‘¿De dónde es?’, pregunté al vendedor. ‘Inglesa pura, trescientos’, soltó el viejo. Dudé. Él se acercó: ‘No, es alemana del principio del siglo, no vale eso’. Miré la marca, ¡bingo! La pillé por cincuenta y le di las gracias. ‘Gracias, ¿te conoces bien en esto?’, le dije, audaz, sonriéndole. Sus ojos bajaron a mis tetas otra vez. ‘Soy del quinto, ¿no? Marc’, dijo, tendiendo la mano.
Charlamos de antigüedades, pero el aire crepitaba. Sus miradas me quemaban la piel, yo notaba mi coño humedeciéndose. ‘¿Café?’, propuso. Fuimos a la terraza del bar de la plaza, pegados en la multitud. Sus manos rozaban las mías. ‘Estás casada, ¿eh?’, dijo, viendo mi alianza. ‘Sí, pero… tus ojos son traviesos’, reí, nerviosa. El corazón me latía fuerte, el ruido de la brocante nos envolvía.
Subimos al edificio juntos, fingiendo casualidad. En el ascensor estrecho, se paró el mundo. Sus manos en mi cintura, yo me giré, labios contra labios. Lenguas enredadas, sus dedos en mis tetas, pellizcando pezones duros. ‘Joder, qué ganas de ti’, murmuró. Bajamos en el sótano, puerta entreabierta de la trastero común. Entramos, oscuridad rota por luz filtrando de rejillas. Cerró con pestillo. ‘Aquí, ahora’, jadeó.
Explosión en el sótano y secreto compartido
Me tumbó en un viejo colchón polvoriento. Le bajé los pantalones: polla tiesa, gorda, curvada, glande hinchado. ‘Fóllame, Marc, mi coño está chorreando’, gemí, subiendo mi body, tetas libres. Me comió el coño, lengua hurgando, chupando clítoris. ‘¡Dios, qué puta estás!’, gruñó, metiendo dedos. Yo le mamé la verga, salivas goteando, tragando hasta la garganta. Miedo a que nos oyeran: pasos arriba, vecinos pasando. Eso nos ponía más.
Me puso a cuatro, culito en pompa. ‘Te voy a partir en levrette, salope’. Condón puesto, embestida profunda. ‘¡Ay, sí, métemela toda, joder mi coño!’, chillé bajito, moviendo caderas. Sus huevos chocando, sudor goteando, olor a sexo crudo. Me dio la vuelta, piernas en hombros, dedo en culo mientras me taladraba. ‘¡Me corro, cabrón!’, exploté, contracciones ordeñando su polla. Él eyaculó dentro, espasmos eternos.
Nos vestimos temblando, besos rápidos. Salimos por separado. Al día siguiente, pasillo: ‘Buenos días, vecina’, sonrisa pícara. Nuestros ojos gritaron el secreto. Mi taza azul en la cocina me hace mojar recordándolo. Quién sabe si repetimos…