No podía dormir. Mi marido roncaba como un tractor al lado. El calor me ahogaba, el cuerpo pidiendo algo más. Salí al balcón, descalza, solo con la camiseta fina. El aire fresco me erizó la piel. Miré al lado, el balcón de Javier, el vecino del 4B. Ahí estaba él, apoyado en la baranda, sin camiseta, fumando un cigarro. La luz de su salón filtraba amarilla entre las persianas entreabiertas. Nuestros ojos se cruzaron. Sonrió, pícaro. Levantó el cigarro como saludo. Joder, su pecho musculoso, el vello bajando al pantalón de chándal bajo…

Me quedé mirando. Él no apartó la vista. Sentí un cosquilleo entre las piernas. ¿Me vio las tetas marcadas? Volví adentro, pero el corazón me martilleaba. Al día siguiente, ascensor. Bajando al trabajo. Entró él, solo nosotros. “Buenas, Carmen”, voz ronca, olor a colonia y hombre. El espacio chiquito, sus piernas rozando las mías. Silencio pesado. “Anoche… en el balcón”, murmuró. Tragué saliva. “Sí, te vi”. Su mano rozó mi cadera, ‘accidente’. Pero no la quitó. La tensión subía. Pulsé stop entre pisos. “Joder, Javier…”, susurré. Me besó, duro, lengua dentro. Manos por todas partes.

La tensión que sube en el edificio

La barrière cayó. Tiró de mi falda, yo bajé su cremallera. Su polla saltó, dura como piedra, gorda, venosa. “Mira lo que me haces”, gruñó. La apreté, masturbé rápido. Él metió dedos en mi tanga, ya empapada. “Estás chorreando, puta”. Gemí bajito, miedo a que alguien pulsara. Me giró contra la pared, fría en la espalda. Polla empujando mi coño desde atrás. Entró de un golpe, hasta el fondo. “¡Ah!”, ahogué el grito. Follaba fuerte, palmadas contra mi culo. El ascensor temblaba, ruidos metálicos. Sudor goteando, su aliento en mi cuello. “Cállate o nos pillan”, jadeó, pero él gruñía. Le mordí el hombro. Sus bolas chocaban mi clítoris, placer eléctrico. “Me voy a correr”, avisó. “Dentro, lléname”. Eyaculó caliente, chorros potentes. Yo exploté, coño apretando su polla, piernas temblando. Salió, semen bajando por muslos.

Paramos el ascensor, nos arreglamos. Bajamos riendo nerviosos. “Otro día, vecina”. Esa noche, solo pensarlo me mojé otra vez. Al día siguiente, pasillo. Él saliendo con la basura. Nuestros ojos… fuego. Sonrisa cómplice. “¿Dormiste bien?”, preguntó alto, para los demás. Bajito: “Tu coño en mi polla, toda la noche”. Me sonrojé, pasé rozándolo. El secreto quema, delicioso. Cada crujido en el pasillo ahora excita. ¿Repetimos? El edificio es un nido de vicios.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *