Era un sábado de agosto, hace unos días. Volvía del supermercado, sudada por el calor. Subía en el ascensor del edificio cuando oí pasos en el rellano. Era él, mi vecino del quinto, el chico de veintitantos, todo tatuajes, pelo rapado con cresta blanqueada, piercings en nariz y orejas. Grunge total. Nuestras miradas se cruzaron. Sonrió, pícaro. El ascensor pitó, se cerraron las puertas. Solos.
—Hola, vecina. ¿Calor, eh? —dijo, voz ronca, acercándose un poco. Su olor, mezcla de sudor y colonia barata, me invadió. Noté el bulto en sus vaqueros ajustados. Me mordí el labio.
La mirada indiscreta y la tensión en el ascensor
—Sí, mucho. Tú pareces fresco —mentí, el corazón acelerado. Sus ojos bajaron a mi escote, blusa pegada por el sudor. El ascensor subía lento, entre pisos. Sentí su mano rozar mi cadera. ‘Accidente’, pensé. Pero no se apartó. Yo tampoco.
De repente, paró entre el cuarto y quinto. Luz parpadeante. Silencio. Me miró fijo.
—¿Sabes que te vi el otro día? Desde mi ventana. Desnuda en tu balcón, tocándote un poco. Me pusiste cachondo.
Me quedé helada. ¿Me vio? La luz filtraba por las persianas, el aire fresco de la noche… Recordé ese momento de calentura solitaria. Mi coño se mojó al instante.
—¿En serio? —susurré, voz temblorosa. Él asintió, y vi su polla endurecerse bajo la tela. La mano fue directa a mi culo, apretando.
—No mientas, te gustó que te viera. Y a mí… mírame esto.
Se bajó la cremallera. Salió su verga, gorda, venosa, medio empalmada. La agarró, meneándola. El ascensor zumbaba. Miedo a que alguien pulsara.
La puerta del quinto se abrió. Salimos al rellano vacío. Pasos lejanos abajo. Él me empujó contra mi puerta, besándome salvaje. Lengua dentro, manos por todas partes.
—Entra, rápido —jadeé, abriendo. Pero no. Me giró, pantalón abajo, tanga a un lado. Su polla rozó mi coño húmedo.
—Aquí mismo. Quiero follarte en el rellano, con el riesgo.
El sexo brutal y el secreto compartido al día siguiente
Dudé. El eco de voces en el pozo de escaleras. Pero el morbo me pudo. Asentí.
Me agaché, culazo al aire. Él escupió en mi raja, frotó el glande. Entró de golpe. ¡Joder! Me llenó entera, dura como piedra. Empezó a bombear, fuerte, palmadas en el culo.
—Qué coño tan apretado, puta vecina. Gime bajito, no queremos que nos oigan.
Pero gemí alto. Placer brutal. Sus tatuajes brillando bajo la luz tenue del pasillo. Olía a sexo, a sudor. Me follaba como un animal, bolas golpeando mi clítoris. Metí mano, me froté.
—Más, joder, rómpeme el coño. ¡Sí!
Aceleró, gruñendo. Sentí su polla hincharse. Se corrió dentro, chorros calientes. Yo exploté, piernas temblando, squirtando un poco al suelo. Cubrimos el charco rápido con mi bolso.
Nos vestimos a prisa, risas nerviosas. Beso rápido.
—Soy Raúl. Mañana más.
Al día siguiente, bajaba la basura. Él salía del suyo. Miradas. Sonrisa cómplice. Pasos en el pasillo, lentos. Rozó mi mano.
—Buen coño, vecina. ¿Repetimos?
Asentí, el secreto quemándonos. Mi piso vacío, marido de viaje. El edificio nunca fue tan excitante.