Era domingo por la mañana, nueve en punto. El sol ya picaba fuerte en la plaza vieja, justo al lado de mi edificio. El rastro semanal estaba a reventar: olor a fritanga, voces en árabe y español mezcladas, pasos arrastrando por el empedrado. Yo había bajado temprano, con mi body blanco pegado al cuerpo, escote hasta el ombligo, sin sujetador. Mis tetas firmes se marcaban, las areolas oscuras tras el tejido fino. Pantalón corsario azul ajustado al culo redondo, tacones blancos que me hacían menear las caderas. Me sentía sexy, libre, lejos del marido tieso en casa.

Lo vi de reojo: el vecino del 4º, ese calvo atlético de unos cincuenta, solo en la ciudad. Rebuscaba en una caja de libros viejos. Me pilló inclinándome frente a un puesto, mis tetas casi saltando. Sus ojos se clavaron en el surco. Sentí el calor subir. Siguió mis pasos a unos metros, como un lobo. Cada vez que me agachaba, el pantalón se tensaba, marcando el tanga. Mis tetas botaban al andar, sudaba un poco, mi perfume mezclado con el olor a hombre que desprendía él. Mi coño empezó a humedecerse.

La chispa en el bullicio del rastro

Al principio pensé ‘maniaco’, pero… qué bien caía esa mirada. Más fibroso que mi marido panzudo. Me paré en un puesto de vajilla antigua. Una taza blanca con azul cobalto. ‘¿De dónde es esta? ¿Cuánto?’, pregunté al vendedor, un viejo con gorra grasienta. ‘Inglesa pura, trescientos’, soltó. Dudé. Él apareció: ‘Permítame, no es inglesa, es faenza alemana del principio del siglo. No vale eso’. Miré la marca: tenía razón. La pillé por cincuenta y le sonreí. ‘Gracias, ¿tú sabes mucho?’. Eh… audaz yo, iniciando charla con el que me devoraba las tetas.

‘Gabriela, vivo en tu mismo bloque, 4ºB’, dijo Marc, con traje claro casual. Café en la terraza cercana. Hablamos de antigüedades, pero sus ojos en mi escote. Yo ruborizada, riendo. ‘Marc, tus ojos son pillos… Mi marido es celoso’. Él: ‘No resisto tu encanto, Gabriela’. Paseamos por los puestos, rozándonos. En una galería de muebles viejos, angosta, se pegó a mi espalda. Un tipo pasó, me aplasté contra él. Sentí sus tetas en mi espalda, mi polla endureciéndose contra su culo. La barrera cayó: beso profundo, lenguas enredadas en penumbra.

El fuego desatado en la penumbra

Tiró de mí a una puerta ‘Prohibido público’. Probó llaves, abrió. Almacén polvoriento, cama con libros. Los tiró, me tumbó. Se desnudó: polla tiesa, gorda, curva, glande hinchado. Me bajó el body, chupó mis tetas duras. ‘Gabriela, te quiero follar ya’. ‘Sí, Marc, métemela, mi coño está chorreando, mi marido no me hace correrme hace años’. Me quitó el pantalón, tanga a un lado, lengua en mi coño. Gemí, mordiéndome labio por si oían pasos fuera. Sus dedos en mis pezones sensibles, me volvía loca.

Me la metí en la boca, saboreando el precum. La coloqué entre mis tetas, follándomelas. ‘Para, salope, me corres’, gruñó. La puse a cuatro, culazo alzado. Condón puesto, entró fácil en mi coño empapado. ‘¡Qué mojada estás!’. ‘Tus caricias en tetas me ponen cachonda’. Me taladraba, yo removiéndome, miedo a gritos lejanos. ‘¡Fóllame como puta, Marc!’. Cambiamos: piernas en hombros, dedo en culo. Nunca así con el marido. Aceleramos, salvajes. ‘¡Me corro!’, chillé, contracciones brutales, orgasmos eterno. Él eyaculó dentro, leche caliente prolongando mi placer.

Nos vestimos sudados, besos. Salimos por separado. Al día siguiente, pasillo fresco, luz filtrando persianas. Pasos nuestros. Cruce de miradas, sonrisa cómplice, roce mano. Secreto ardiendo. Esa taza azul en mi casa… me hace mojar recordándolo.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *