Era un día de verano asfixiante, el sol pegando fuerte en las ventanas del viejo edificio. Yo en mi piso, con las persianas entreabiertas para que entre un poco de aire. De repente, oigo ruidos… gemidos ahogados del ático de mis vecinos. Ellos, tan formales siempre, la pareja devota que va a misa todos los domingos. Me asomo un poco, el corazón latiéndome fuerte. Ahí está él, el tal Luis, el más serio de los dos, solo en su habitación. La luz filtra amarilla por las cortinas, ilumina su cuerpo desnudo. Se acaricia la polla dura, gruesa, con una mano temblorosa. En la otra, una piedra lisa negra… no, un plug anal, reluciente de lubricante. Lo mete y lo saca despacio, gimiendo bajito, los ojos cerrados. Joder, qué sorpresa. Yo me mojo al instante, tocándome sin darme cuenta, el aire caliente pegajoso en la piel.
Al día siguiente, bajo al ascensor. Cojo el viejo cacharro metálico que cruje en cada piso. Entra él, Luis, con su camisa planchada y esa cara de santo. Nuestras miradas se cruzan, un segundo eterno. Sabe que lo vi, lo noto en su rubor. ‘Buenas tardes, vecina’, dice con voz ronca. El ascensor arranca, lento como un burro viejo. Nos rozamos sin querer, su brazo contra mi teta. El calor sube, el olor a su colonia mezclado con sudor. ‘¿Calor, eh?’, murmuro, mordiéndome el labio. Él asiente, tragando saliva. De pronto, el ascensor se para entre pisos con un traqueteo. Luz parpadeante, oscuridad un instante. ‘Mierda…’, susurra. Yo me pego a él, siento su polla endurecerse contra mi muslo. ‘¿Quieres que te ayude con eso?’, le digo al oído, mi mano bajando ya a su bragueta. Él jadea, ‘No… nos pueden oír…’, pero no me para. La barrera cae, sus labios en mi cuello, manos urgentes arrancándome la falda.
La mirada indiscreta y la tensión en el ascensor
El ascensor oscuro, el zumbido lejano del motor. Me arrodillo, le bajo los pantalones de un tirón. Su polla salta libre, venosa, cabezuda, oliendo a macho caliente. La chupo ansiosa, lengua alrededor del glande, tragándomela hasta la garganta. Él gime, ‘Joder, qué boca…’, agarrándome el pelo. Slurp, slurp, saliva chorreando. Me pone de pie, me da la vuelta contra la pared metálica fría. ‘Quieta, puta vecina’, gruñe, escupiéndose en la mano. Me mete dos dedos en el coño empapado, chapoteando. ‘Estás chorreando por mí’. Luego, su polla entera de un empujón, llenándome hasta el fondo. ¡Ay! Doy un grito, pero me tapa la boca. Me folla duro, embestidas brutales, el ascensor temblando con nosotros. Pum-pum contra mi culo, sus huevos golpeando mi clítoris. ‘Cállate o nos pillan’, jadea, pero él mismo gruñe como animal. Saco el plug negro de su bolsillo –lo vi ayer–, se lo meto yo en su culo apretado mientras me taladra. Él aúlla bajito, ‘¡Sí, joder, más profundo!’. Cambio de posición, yo encima, cabalgándolo salvaje, tetas rebotando, coño tragándosela entera. El sudor nos pega, olor a sexo puro. Me corro primero, convulsionando, squirt salpicando el suelo. Él explota dentro, leche caliente inundándome, gemidos ahogados. ‘Córrete, cabrón’, le susurro, ordeñándolo con el coño.
El ascensor arranca de nuevo, ding, piso correcto. Nos arreglamos a toda prisa, polla aún goteando, mi coño palpitando con su semen resbalando por las piernas. Salimos, sonrisas nerviosas. Al día siguiente, en el pasillo, nos cruzamos. Él con su biblia bajo el brazo, yo con la compra. Nuestras miradas chocan, esa chispa secreta. ‘Buenos días, vecino’, digo con picardía, rozándole la mano. Él se sonroja, murmura ‘Lo que pasó… inolvidable’. Oímos pasos al fondo, el corazón acelerado otra vez. Guiño un ojo, ‘Repetimos cuando quieras, con tu juguetito negro’. Se va, pero sé que esta noche miraré por la ventana. El edificio guarda secretos, y el nuestro arde.