Era principios de agosto, el calor pegajoso me tenía sudando solo de cruzar el pasillo. Bajé al súper del barrio por algo rápido para comer antes del curro. En la caja, un tío me mira fijo. No le hago caso. Al cargar las bolsas en el maletero, ahí está él, apoyado en su coche, sonriendo. Es el vecino del quinto, el de ojos azules y pelo gris que he visto mil veces por el edificio. Guapo, con cuerpo de gym. Le devuelvo la sonrisa por educación.

Arranco, su 4×4 va delante. Unos kilómetros así, luego giro y él entra en un callejón. Pone los intermitentes como adiós. Sonrío. Aparco cerca, veo su coche pasar buscándome. Camino al trabajo, pasa de nuevo, se asoma. “¡Ey!”, grita. Río, entro al edificio, el corazón latiendo fuerte. Horas después, en mi coche, un papel en el parabrisas: solo un número.

La tensión que estalló en el edificio

Romántico, excitante… y jodidamente riesgoso, viviendo en el mismo bloque. No sé si llamar. Paso un día, mando SMS. Chats calientes, llamadas. Me suelta que está casado, quiere solo un polvo. Decepcionada, pero desde mi ruptura, cero tíos. Quiero sentir deseo otra vez. Acepto.

Quedamos a las 10, calor asfixiante. Lo veo, menos guapo de lo soñado, pero ese cuerpo… Me da dos besos como viejos amigos, subo a su coche para un café cerca. Hablamos, estoy nerviosa, pero fluye. Me deja en mi coche, antes de bajar, me besa. Joder, qué beso. Sensual, lengua profunda. Me dejo, bajo la mirada. Vuelve a por más, su mano sube por mi falda. “Para, animal”, digo riendo. Se disculpa, pero ya estamos enganchados.

Días de mensajes guarrísimos. “Quiero follarte ya”. Quedamos viernes, pero ni en su casa ni la mía. La víspera, parking del edificio. Entra en mi coche, me besa como loco. Su mano en mi coño, “Estás empapada”. Salimos, gente alrededor, pero me da igual. Apoyado en el capó, me froto contra su polla dura. “Te levanto la falda y te follo aquí”, gruñe. “Mañana, con mi falda puta, la de cremallera”, susurro.

Al día siguiente, parking del cole abandonado cerca. Coches juntos. Nos besamos, abre mi falda, baja las bragas. Manosea mi culo, dedos en el coño chorreante. Agarro su polla gorda, levanto la pierna, la meto. Dios, qué gozo. Vamos despacio, besándonos. Pasa el cartero, nos paramos, corazón a mil. Él frena, mira. Excitante de cojones. Reanudamos, él me come la boca.

El clímax crudo y el secreto compartido

“Al 4×4”. Me tumba, abre piernas, me clava la polla profunda. Perfecta, me llena. “Para, voy a correrme”. “No, córrete dentro”. Explota, tiembla, llora de placer. Yo me corro gritando bajito. Brutal.

Un mes después, cita en mi piso, mañana. Abre la puerta, sonrisa pícara. Me besa, me aprieto contra su paquete. Mano en mi coño, “Estás ardiendo”. Nos desnudamos rápido. En la cama, me monta, polla dura rozando. Frota lento. Lo empujo, beso su pecho, bajo a su polla. La huelo, salvaje. La chupo, lamo huevos, vaivén. Gime fuerte, “Joder, para o me corro”. Me da la vuelta, lengua en mi clítoris, me vuelve loca.

Me pongo a cuatro, me folla duro. Cambiamos: yo encima, cabalgo, tetas rebotando. Sudor, jadeos. Oímos pasos en el pasillo, nos callamos, pero él acelera. Miedo a que nos oigan los vecinos. Me corre dentro, caliente, yo exploto en espasmos. Semen chorreando.

Se va, quedamos en volver. Al día siguiente, cruzamos en el pasillo. Nuestras miradas, sonrisas culpables. Su mujer pasa detrás, ajena. El secreto quema, ya quiero más. Ese cosquilleo prohibido… adictivo.

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