Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas al recordarlo. Vivo en un viejo edificio en el centro, de esos con ascensor que cruje como si se fuera a caer. Mi vecina del ático, Carmen, es una madurita de unos 55, con tetas enormes que se le desbordan del sujetador, siempre con faldas ajustadas y esa mirada de buena mujer casada pero cachonda. Su marido, un enano miedoso que trabaja fuera, la deja sola mucho tiempo. Yo la he visto mil veces por la ventana, fumando en el balcón con la bata entreabierta, dejando ver esas curvas que me ponen dura al instante.

El otro día, viernes por la tarde, bajo con la compra. Oigo sus tacones en el pasillo, clic-clac, acercándose. ‘¡Hola, guapa!’, me dice con esa voz ronca. Subimos juntas al ascensor, huele a su perfume barato mezclado con algo dulce, como sudor fresco. Estamos solas, el espacio chiquito, su culo rozándome la polla que ya se despierta. ‘Hace calor, ¿eh?’, murmura, abanicándose la blusa. Veo el sudor perlando su escote, esos pechos pesados subiendo y bajando. No aguanto, le digo: ‘Carmen, siempre me has vuelto loco con ese cuerpo…’. Ella se sonroja, pero no se aparta. ‘Ay, no digas tonterías, mi marido…’. El ascensor para entre pisos, un tirón, luces parpadeando. Nos miramos, el corazón latiéndome fuerte. Mi mano va a su cintura, ella jadea bajito. ‘Shhh, nos van a oír…’, susurra, pero ya me besa, lengua dentro, desesperada.

La tensión sube en el ascensor compartido

La barreira cae ahí mismo. Le subo la falda, palpando esa culotte empapada. ‘Estás chorreando, puta vecina’, le digo al oído. Ella gime: ‘Sí… hazlo rápido, por Dios…’. Le bajo las bragas hasta las rodillas, mi polla salta fuera, dura como piedra. La empotro contra la pared del ascensor, falda arremangada, tetas fuera del sujetador. Le chupo un pezón gordo, mordiéndolo suave, mientras le meto dos dedos en el coño peludo y húmedo. ‘¡Joder, qué apretado tienes!’, gruño. Ella se agarra a la barandilla, piernas temblando: ‘Fóllame fuerte, pero calladitos… los vecinos…’. Empujo mi polla de un golpe, hasta el fondo, su coño tragándosela entero. El ascensor cruje con cada embestida, plaf-plaf contra su culo carnoso. Sudor goteando, oigo pasos en el pasillo de abajo, alguien hablando. ‘¡Para, nos pillan!’, susurra aterrorizada, pero aprieta el coño alrededor de mi verga, pidiéndome más. Le tapo la boca con la mano, follándola salvaje, bolas golpeando su clítoris hinchado. ‘Me vengo, cabrona…’, le digo, y exploto dentro, llenándole el útero de leche caliente. Ella tiembla, un orgasmo mudo, mordiéndose el labio hasta sangrar.

El clímax brutal y el secreto del pasillo

Arrancamos el ascensor con un botón, bajamos jadeando, arreglándonos la ropa. Su falda arrugada, mi polla aún goteando. ‘Esto no ha pasado’, me dice con ojos brillantes, saliendo al pasillo. Yo asiento, el corazón a mil.

Al día siguiente, cruzamos en el pasillo. Ella con la compra, yo volviendo del gym. Nuestras miradas se clavan, un secreto ardiendo. ‘Buenos días, vecino’, dice con voz normalita, pero se muerde el labio. Paso rozándola, huelo su jabón mezclado con mi semen de ayer. ‘Igualmente, Carmen… hasta la próxima’, susurro. Ella asiente, sonrojada, y sigue. Sé que lo repetiremos, ese frisson del peligro, el placer de lo prohibido tan cerca de casa.

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