Anoche me desperté de golpe. Eran como la una, el cursor parpadeando en la pantalla del portátil me taladraba los ojos. Todavía medio dormida, con ese sueño volador en la cabeza, vi el mensaje: ‘Saqué un 5 en los dados. Lanza el tuyo. Si pierdes, deja la puerta abierta’. Mi corazón dio un vuelco. ¿Era él? Ese tipo con el que chateo hace semanas, anónimo, pero… joder, vive en el piso de enfrente. Lo sé por el nick, por las fotos borrosas del balcón.
Me reí nerviosa. ¿A qué coño juego? Busqué el dado en el cajón de la mesita, lo lancé en el pasillo mientras iba por agua. Rodó… tres puntos. Mierda. Sonreí, excitada. El pulso me latía en las sienes. ¿Y si era real? Giré la llave, entreabrí la puerta unos centímetros. El pasillo estaba oscuro, solo el zumbido del ascensor lejano. Me senté en el sofá, peinador suelto sobre mi desnudez, sorbiendo agua fría. Pensaba en contestarle algo chulo cuando… crac. Un ruido como madera crujiendo. Me quedé helada. Pasos suaves en el suelo. Mi vecino, alto, con esa voz grave que reconocí al instante: ‘La suerte no te sonrió esta noche, ¿eh?’
El Mensaje Nocturno y la Puerta Entreabierta
Me reí bajito, aliviada y cachonda. ‘¿Pasabas por aquí o qué? ¿Vienes a ver si duermo en pelotas?’ No contestó. Sintió su mano en mi hombro, un pañuelo suave tapándome los ojos. Oscuridad total. Me llevó al sofá, tiró del variador de luz, tenue como luna filtrada por las persianas. Música suave empezó, esa canción que él me recomendó. Me tendí, relajada, el aire fresco rozándome las piernas.
‘Otro dado. Más de 4 y me voy. Menos o igual, te abandonas’. Lancé… cuatro. ‘Joder’, murmuré sonriendo. Desató mi peinador, lo abrió despacio. Sus labios en mi muslo izquierdo, subiendo, manos masajeando el borde del tejido. Mi piel se erizó. Separé las piernas un poco, invitando. Sus dedos rozaron mi coño depilado, ya húmedo. ‘Mmm, estás empapada’, susurró. Me abrió más, lengua lamiendo mis labios, chupando el clítoris. Gemí bajito, mordiéndome el labio. ‘Calla, que nos oyen los del piso de abajo’, dijo riendo.
El Juego que Acabó en Polla Dura y Gemidos Ahogados
Le até los ojos a mí también, le quité la camiseta. Manos en su polla dura bajo el pantalón. La bajé de un tirón, besando su ombligo, lamiendo el elástico del bóxer. Mordí el tejido, tiré con los dientes. Su verga saltó libre, gorda, venosa. La tragué entera, mamando fuerte. Él jadeaba, ‘Para, joder, que me corro’. Pero seguí, lengua girando en la cabeza. Se corrió en mi boca, leche caliente bajando por mi garganta. El agua de la ducha nos pilló después, gel resbalando, mis manos en su polla otra vez, masturbándolo hasta que volvió a endurecerse.
Me puso a cuatro en el sofá, rodillas en el suelo. Sus manos abrieron mi coño, lengua metiéndose profunda. ‘Qué rico sabor’, gruñó. Dedos dentro, follando lento, clítoris succionado. Me corrí temblando, ahogando gritos contra el cojín. ‘Ahora te follo’, dijo. Su polla entró de golpe, dura como piedra, embistiéndome fuerte. Paredes finas, gemidos escapando. ‘¡Cállate, vecina!’, bromeó, pero follaba más salvaje, pellizcando tetas, nalgadas. Me corrí dos veces, él explotó dentro, semen chorreando.
Al amanecer, se fue sigiloso. Hoy en el pasillo, cruzamos miradas. Él con la bolsa de basura, yo con el café. Sonrisa pícara, guiño. ‘Buen juego anoche’, murmuró. Nadie sabe. El secreto quema, y ya planeamos el próximo dado.