Ayer por la tarde, oí pasos en el pasillo. Pesados, como de hombres con prisa. Miré por la mirilla: eran ellos, mis vecinos del ático. El padre, unos sesenta, canoso y fuerte; el hijo, veinteañero, atlético. Se metieron en el ascensor y yo… salí corriendo, con mi vestido negro ajustado, el de los botones perlados. ‘Buenas tardes’, dije, colándome. El aire estaba cargado. Sus ojos bajaron a mis tetas, a mis caderas. El padre carraspeó: ‘Esta noche… cena en nuestro ático. Ponte máscara. Nadie sabrá’. El hijo sonrió, pícaro. Mi coño se mojó al instante. El frisson del peligro, tan cerca, en el mismo edificio.

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Subí sola después. Puertas cerradas, silencio. Golpeé suave. Me abrieron: luces tenues, velas rojas goteando cera, champán en hielo. ‘Ponte esto’, dijo el padre, dándome una máscara roja. La sala olía a jazmín y deseo. Mesa negra, frutas. Brindamos. ‘Por lo prohibido’, murmuró el hijo, rozando mi pierna. Bebí, el burbujeo me calentó la sangre. Noté sus pollas duras bajo la mesa. ‘¿Cuánto por un botón?’, preguntó el padre, sacando billetes. Sonreí, juguetona. Desabroché el primero. Sus ojos se clavaron en mi escote. ‘Más’, suplicó el hijo. Otro botón, y otro. Mi piel ardía. Al quinto, abrí la tela: nacimiento de mis tetas. ‘Joder, qué puta’, gemí yo, excitada.

La mirada que lo cambia todo en el ascensor

Me giré, les mostré el culo caminando ondulante. Pasos en el pasillo de abajo… mierda, ¿nos oyen? Pero eso me puso más cachonda. Cogí una banana, la pelé lento, lamiendo la punta. Sus pollas saltaban en los pantalones. Nueva nota: ‘Queremos verte el coño. 200 euros’. Reí, rauca. Me subí a la mesa, les di la espalda. Desabroché abajo: collants negros, sin bragas. Ecarté piernas. ‘Mirad cómo goteo’. El padre se acercó, rasgó el nylon. Mi coño al aire, labios hinchados, pelazo negro. El hijo metió dedos, crudos. ‘Fóllame ya’, supliqué. Billetes llovieron sobre mí. Me tumbé, máscara pegada por sudor. ‘Rasgadlo todo’, ordené.

El padre cortó agujeros: tetas libres, pezones duros como piedras. Chuparon, mordieron. Dolor-placer. Metí la banana en mi coño, lubricada. ‘Mira cómo me follo’, gemí. El hijo sacó su polla: rosada, enorme. La del padre, gruesa, venosa. Me arrodillé, mamé las dos. Lengua en glande, bolas en boca. ‘Joder, qué boca’, gruñó el padre. Me pusieron a cuatro patas. El hijo entró en mi coño de un golpe: chap-chap-chap, jugos salpicando. ‘¡Cállate, vecina!’, riñó el padre, pero me follaba la boca. Pollas entrando-saliendo, olores a sudor, semen. ‘Voy a correrme’, avisó el hijo. ‘Dentro, cabrón’. Calor inundándome. El padre en mi culo: rasgando, profundo. Grité, ahogada. ‘¡Oye el pasillo!’, jadeé. Placer del riesgo. Nos corrimos los tres, cuerpos temblando. Semen chorreando por muslos.

El polvo brutal y el secreto compartido

Cambiamos posturas: yo encima, cabalgando al hijo mientras el padre me enculeaba. Doble penetración, estirándome. ‘¡Más fuerte, me partís el coño!’. Billetes pegados a mi piel sudada. Mamé al que no follaba, tragué saliva y restos. Horas así: pollas en todas mis agujeros, tetas magulladas, coño rojo. Grité orgasmos, mordiendo labios para no alertar al edificio. Al amanecer, exhausta, llena de lefa. ‘Vuelve cuando quieras, puta’, dijo el padre.

Hoy, en el ascensor, solos. Sonrisas cómplices. ‘Buen polvo, ¿eh?’, susurró el hijo, rozándome el culo. Bajé con piernas flojas, secreto quemando. Mañana… ¿repetimos?

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