Fabrice y yo acabamos de entrar en el ascensor del edificio. Como siempre, nos apretujamos al fondo. Llevamos semanas sin follar; me escabullo a masturbarme con relatos sucios, pero ya no basta. Las puertas se cierran con ese zumbido familiar, el aire cargado de olores a cena y perfume barato.

De repente, alguien más entra en el último segundo. Es él, el vecino del 4ºB, alto, ancho de hombros, con esa camiseta que marca pectorales que me dan ganas de restregarme ya. Se pega a mí, su rodilla roza la mía. Sonríe de lado, malicioso, ojos clavados en los míos. Fabrice mira el móvil, ajeno. Mi coño palpita al instante; unos centímetros de piel y ya estoy empapada, calor subiendo por la entrepierna.

La chispa en el ascensor abarrotado

Sus rodillas se pegan más. Pone su chaqueta sobre el regazo, ocultando el bulto que crece. Su mano se cuela debajo, roza mi muslo desnudo bajo la falda. Yo imito, cubriéndome. ¿Cómo este desconocido me pone así en segundos? Quiero que me meta dedos con rabia, que me revuelva el chocho. Su mano sube, caricias lentas, cada vez más arriba. Gimo bajito, mordiéndome el labio.

Mi mano va directa a su bragueta. Joder, qué polla gorda, dura como piedra. La desabrocho torpe, dedos temblando de vicio. Empiezo a pajearlo despacio, sintiendo cada vena. Él responde metiendo dos dedos en mi raja, chapoteando en mis jugos. Nuestros ritmos se sincronizan; yo le meneo la verga al compás de sus embestidas digitales. Mouille tanto que el suelo del ascensor huele a sexo.

El ascensor para en mi planta. Le susurro a Fabrice que voy al baño, que le espero arriba. Él sale. Apenas se cierran las puertas, el vecino pulsa el botón de parada de emergencia. ‘Cinco minutos’, me dice al oído, voz ronca. Me arrodillo entre sus piernas, saco esa polla enorme. Lametazo al glande, salado, hinchado. La engullo hasta la garganta, mirándolo desafiante. Él me agarra el pelo: ‘Puta, trágatela toda’. Me folla la boca, salvaje, mientras el ascensor tiembla.

El polvo descontrolado y el regreso al secreto

Me levanto, me apoyo en la pared, falda arriba, tanga aparte. ‘Fóllame ya’, jadeo. Me clava la polla de un empujón, chocho chorreando. Me agarra las tetas, pellizca pezones duros. Golpes brutales, carne contra carne, eco en el hueco. ‘Qué coño tan apretado’, gruñe. Bajo la mano a mi clítoris, me froto frenética. Él escupe en mi culo, mete un dedo. ‘¿Quieres por el culo, zorra?’. ‘Sí, rómPEMelo’, suplico.

Saca la verga jugosa, me la clava en el ojete de golpe. Duele rico, estiro al límite. Me taladra sin piedad, nalgadas que queman. ‘Toma, puta vecina, te enculo como a una perra’. Chillo, pero tapo mi boca con su mano. Oímos pasos fuera, voces lejanas. El miedo me corre más. Él me mete dedos en la boca, yo los chupo como polla. Otro dedo en el coño, doble penetración que me hace correrme a chorros, piernas temblando.

‘Me corro en tu culo’, gime. Jet tras jet, caliente, profundo. Me pone a cuatro, abre mis nalgas para ver su obra: ano dilatado, semen goteando. Se pajea el resto sobre mi espalda. Yo meto dos dedos en mi culo, los saco cremosos y me los como mirándolo. Él se corre otra vez, pequeño chorro.

El ascensor arranca. Nos arreglamos rápido, ropa arrugada, olor a sexo. Salimos por plantas distintas. Al día siguiente, en el pasillo, nos cruzamos. Él guiña, roza mi mano: ‘Buen culo, vecina’. Sonrío, coño húmedo de nuevo. Fabrice ni se entera. Qué vicio culpable, qué secreto ardiente.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *