Era tarde, como las once. Oí pasos pesados en el pasillo, el eco de la puerta del ascensor abriéndose. Pablo, mi vecino del 4B, volvía de un viaje de trabajo. Llevaba días sin verlo, y yo… bueno, yo fantaseando con esa sonrisa suya y ese cuerpo atlético que se marca bajo la camisa.
Abrí un poco la puerta, fingiendo sacar la basura. ‘¡Ey, Ana! ¿Qué tal?’, dijo con voz ronca, oliendo a aeropuerto y colonia. ‘Te eché de menos, guapa’. Sus ojos bajaron a mi camisón corto, el pezón casi asomando. Sonreí, sintiendo el calor subir. ‘Yo también, Pablo. ¿Cansado?’. Él se acercó, el pasillo desierto, luz fluorescente parpadeando. ‘Mucho. ¿Un trago en mi casa?’. Dudé, mordiéndome el labio. ‘Vale, pero… mis reglas’.
La chispa en el pasillo y el ascensor
Entramos en su piso. Oscuro, persianas entreabiertas, aire fresco del balcón colándose. Él se quitó la chaqueta, yo me senté en el sofá. Hablamos de tonterías: su vuelo retrasado, mi semana aburrida. Pero pronto soltó: ‘Joder, Ana, estos días sin verte… me has puesto cachondo pensando en ti’. Su mano en mi rodilla. Yo reí, apartándola. ‘Tranquilo, hoy no follo. Reglas del mes’. Él insistió, voz grave: ‘Venga, solo una paja. No me hagas rogar’. El pulso me aceleró. Me gustaba eso, el control.
‘Ok, pero obedeces. Sin hablar en mi serie. Solo en anuncios’. Él asintió, excitado ya. Cenamos rápido –pizza fría que sacó del frigo–, yo mandando: ‘Guarda tú, yo al sofá’. Se sorprendió, pero lo hizo. Oí la vajilla tintineando, su respiración pesada.
Durante la serie, nada. Pub primero: ‘Quítate pantalón y calzoncillos’. ‘¿Qué?’, balbuceó. ‘Obedece’. Se los bajó, polla semi dura asomando, el pasillo crujiendo lejano –¿algún vecino?–. Caminó desnudo a la cocina, huevos colgando. Volvió, yo toqué su verga suave, creció al instante. ‘Mmm, qué dura’, susurré, rozando el glande húmedo, bolas suaves. Él gemía bajito: ‘Porfa, más fuerte’. ‘No. Te torturo por insistir’. Le acariciaba lento, torturante, aire del balcón erizando su piel.
El juego sucio en su sofá
Siguiente pub: ‘Todo desnudo’. Se quitó camisa, calcetines. Polla tiesa, venosa. ‘Al sofá, manos arriba’. Recordé su sexshop –una vez lo pillé con juguetes–. ‘Baja la caja del sótano’. Bajó desnudo, frío bajando escalones, polla meneándose. Subió, yo até pies y manos con correas bajo el sofá, ojos vendados con mi bufanda. Piernas abiertas, coño expuesto al aire. ‘Ahora sí mandas tú’, dijo temblando.
Le masturbé lento, dedo en ano rozando. ‘Podría meterte un plug’. Gimió: ‘Sí…’. Pies fríos míos en su polla, frotando huevos, glande. ‘¡Joder, qué rico!’. Presioné, pre-semen chorreando. Lo dejé al borde, desaté: ‘Ducha, y cállate’. Arriba, en su cama, lo até firme al colchón, cuatro puntas. Perspiración, olor a sexo flotando, vecinos tosiendo al lado.
Lo torturé más: pies en verga, dedos en culo. ‘¡Mámame, Ana!’. ‘No. Hoy no corres’. Lo dejé atado viendo mi serie desde sofá, polla palpitando. Volví: froté tetas desnudas en su torso, susurré: ‘Imagíname chupándotela, lengua en glande, tragando tu leche’. Se endureció. ‘Porfa, déjame correr’. ‘No. Duerme así’.
Al día siguiente, pasillo. Él saliendo, yo con bolsas. Miradas: ‘Buenos días… ¿dormiste bien?’, guiñó. Sonreí: ‘Tú dirás, con esa polla frustrada’. Rubor, risas. ‘Otra noche?’. ‘Mis reglas’. El secreto quema, pasos eco, balcón testigo callado.