Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas al recordarlo. Vivo en un edificio antiguo del centro de Sevilla, de esos con ascensor viejo que cruje como loco. Era Semana Santa, la ciudad rebosaba de procesiones, nazarenos y olor a incienso. Volvía de ver la Macarena en Las Setas, sudada y apretujada en la multitud. El ascensor se paró en la planta baja y entró un montón de gente, entre ellos mis vecinos del tercero, Ana y Pablo. La conocía de vista, tetas grandes bajo el top ajustado, culo redondo en leggings de esos que marcan todo, sin bragas, se notaba. Él, moreno, fuerte, con esa mirada de lobo.

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Nos apiñamos. Yo quedé pegada a su espalda, él a ella. Sentí su mano rozando el culo de Ana, amasándolo despacio. El ascensor subía lento, luces parpadeando, olor a sudor y perfume barato. Mi corazón latió fuerte, el morbo me invadió. Me acerqué más, mi mano rozó accidentalmente esa nalga suave. Nadie dijo nada. La música de saetas lejanas se colaba por las rendijas. Otro roce, esta vez intencional. Presioné suave… y él, el cabrón, puso su mano sobre la mía, apretando más. ¡Joder! Complicidad instantánea. Ana giró la cabeza, sonrisa pícara, ojos negros clavados en mí. ‘¿Subes?’, murmuró él cuando paró en su piso.

La tensión sube en el ascensor abarrotado

No pude resistir. Entramos en su piso fresco, persianas bajadas filtrando luz dorada. Olía a jazmín del balcón. Cerró la puerta, clic seco. Ana se pegó a mí, labios en mi cuello. ‘Ven, guapa’, susurró. Pablo nos miró, polla ya dura marcando el pantalón. Manos everywhere. Le bajé el legging, coño depilado, húmedo, labios hinchados. ‘Chúpame’, ordenó ella, sentándose en el sofá. Me arrodillé, lengua en su clítoris, saboreando jugos salados. Gemía bajito, ‘¡Sí, así, joder!’. Él se sacó la polla, gruesa, venosa, sin pelos. Me la metió en la boca mientras yo lamía su coño. Tragaba saliva, garganta llena, ella apretándome la cabeza.

‘Cambio’, gruñó Pablo. Me puso a cuatro patas en la alfombra, culo al aire. Ana debajo, chupándome el coño, lengua danzando en mi ano. Él escupió en mi raja, dedo dentro, luego dos. ‘¡Relájate, puta!’, dijo riendo. Empujó su polla, despacio al principio, quemaba, estirándome el culo. Dolor y placer mezclado. ‘¡Fóllame fuerte!’, supliqué. Aceleró, cachetazos en nalgas, plaf plaf. Paredes finas, ¿nos oirían los del cuarto? El miedo excitaba más. Ana me metió dedos en coño, frotando G. ‘¡Me corro!’, grité ahogada. Él rugió, llenándome de leche caliente, chorros profundos.

El polvo brutal en su piso y el secreto del pasillo

Caímos exhaustos, sudados, respirando agitados. Besos lentos, lenguas perezosas. ‘Eres una viciosa’, me dijo Ana, acariciándome el pelo. Se vistieron, yo también, olor a sexo pegado a la piel. ‘Hasta mañana’, guiñó Pablo.

Al día siguiente, pasillo estrecho, pasos ecoando. Los crucé bajando la basura. Ana con la compra, él detrás. Miradas cruzadas, sonrisas culpables. Su mano rozó la mía disimulada, ‘Buenas noches, vecina’. Calor en la cara, coño palpitando de nuevo. Secretos que queman, ¿repetimos? El edificio nunca fue tan excitante.

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