¡Madre mía, qué nochecita! Vivo en un edificio viejo de Barcelona, paredes finísimas, se oye todo. Mis vecinas del palier son dos hermanas: Ana, la mayor, alta, rubia, con curvas de infarto, y su hermana Marta, más bajita, morena, tetas enormes. Rara vez traen tíos, pero esa noche… Oí quejidos. La puerta de Ana entreabierta, un dedo la empuja suave. Luz tenue filtra persianas, aire cargado de olor a sexo. La veo desnuda en cama, piernas abiertas como una puta en celo, cabeza del tío entre muslos. Él, de rodillas, culo prieto musculado, espalda en V, bronceado viejo de playa. Lamía su coño con ruidos chupeteos húmedos, lengua honda. Ana siseaba, “¡Joder, sí!”, se pellizcaba pezones duros, boca abierta “¡Ahhh, qué rico!”. Corazón me latía fuerte, coño ya mojado bajo falda.

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De repente, Ana se arquea, tiembla, grita largo “¡Arggg!”. Él se yergue, polla gorda larga tiesa al techo, labios brillantes de sus jugos. La besa: “Prueba tu leche en mi boca”. Guau, romántico y guarro. Mano suya guía verga, entra fácil en chochito húmedo. Ana gruñe, piernas cierran en su espalda. Él bombea lento, luego fiero, culazos profundos. Ella hoquea cada embestida. Yo, hipnotizada, froto mi braga empapada, humedad corre muslo. Él la voltea, levanta culo, clava hasta huevos con un golpe. Ana chilla. Manos grandes aprietan caderas, palmas azotan nalgas blancas, rojas marcas. “¡Sí, rómpeme el coño!”, grita ella empujando atrás. Testículos peludos chocan vulva hinchada, pistonazo brutal. Él acelera, sudados, gruñe cabeza arriba. Saca polla, ella gira boca abierta. Primer chorro salpica nariz, luego engulle glande, aspira lechada hasta gota final en tetas.

La Observación Accidental

Me escabullí sigilosa, pasillo pasos eco lejanos, en mi cuarto me corro mordiendo almohada, coño palpitando. Imposible dormir, soñé esa polla.

La Explosión en el Ascensor y el Secreto

Al día siguiente, ascensor solo con él. Aire fresco, cerrado, olor colonia. Yo en minifalda, él mirada hambrienta en piernas. “Buenos días”, digo voz temblorosa. Silencio pesado, rozamos. Suspiro: “Anoche… te vi”. Ojos brillan, mano roza mi culo. “¿Sí? ¿Te gustó?”. Asiento, beso salvaje, lengua invadiendo. Bajo cremallera, polla dura salta, venosa enorme. Me arrodillo, chupo glande salado, huevos pesados lamo. Ascensor vibra bajando, pánico: “¡Para, alguien sube!”. Pero no, folla mi boca, cadera embiste. Me levanta, falda arriba, braga rasga, dedos abren coño. “Estás chorreando, puta vecina”. Me empotra contra espejo, polla parte en dos, dolor placer. “¡Fóllame fuerte, como a ella!”, gimo. Bombea salvaje, tetas rebotan, sudor gotea. Mano tapa boca, miedo gemido escape. Acelera, huevos azotan clítoris, me corro gritando ahogado, contracciones ordeñan. Él gruñe, saca, lechada caliente chorrea muslos, piso.

Puerta abre, salimos fingiendo normal. Corro a casa, piernas temblando. Al otro día, pasillo, cruzo Ana. Sonrisa pícara, ojos cómplices: “¿Dormiste bien, vecina? Oí… ruiditos”. Rojeo, susurro: “Tu hombre es un semental”. Guiña: “Comparte cuando quieras”. Secreto quema, frenesí prohibido. Ahora, cada mirada en escalera enciende fuego.

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