Ay, chicas, no os imagináis lo que me pasó ayer con mi vecino del quinto. Llevaba semanas viéndole por el pasillo, esos ojos azules que me comían cada vez que nos cruzábamos. Después del accidente, el cabrón había estado ahí, visitándome en el hospital, aguantando mis dramas. Pero yo, con las costillas jodidas, nada de locuras. Paciencia, me decían los médicos.
Ayer era su cumple, 18 tacos. Bajé al ascensor, el aire fresco del rellano me erizó la piel. Oí sus pasos pesados, bum-bum en el suelo de mármol. Las puertas se abrieron, y ahí estaba, con esa sonrisa ladeada. ‘¡Ey, Sofia! ¿Cómo vas?’, dijo, acercándose demasiado. El ascensor olía a su colonia, mezcla de madera y algo salvaje. Nuestros brazos se rozaron, y pum, chispa. Subimos en silencio, pero yo notaba su mirada bajando a mis tetas, ahora sin sujetador bajo la blusa fina.
La tensión que estalló en el ascensor
Llegamos a mi piso. ‘Pasa, es tu regalo de cumple’, le solté, con el corazón a mil. Cerré la puerta, el clic del pestillo sonó como un disparo. Nos miramos, la luz del pasillo filtrándose por las persianas. ‘Sofia, ¿estás segura? Tus costillas…’, dudó. Le callé con un beso, lengua dentro, manos en su culo. La barrera cayó, el vecino ya no era solo eso.
Lo arrastré al salón, el sofá crujió bajo nuestro peso. Le arranqué la camiseta, sus pectorales duros, pelitos oscuros. ‘Joder, Theo, qué polla tengo ganas’, gemí. Él me bajó los pantalones, vio mi triángulo recién arreglado, sin vello alrededor del coño. ‘¿Para mí?’, rió, metiendo un dedo. Estaba empapada, clítoris hinchado pidiendo guerra.
Le chupé la polla, dura como piedra, venas marcadas, precum salado en la lengua. ‘Cuidado, vecina, que gimo alto’, advirtió, pero yo la tragué hasta la garganta, slurp-slurp. Me tumbó, mamó mis tetas pequeñas, pezones duros como caramelos. Mordió suave, yo arqueé la espalda, ‘¡Sí, cabrón!’. El miedo a los vecinos de al lado: oí pasos en el pasillo, ¿nos oyen? Eso me puso más.
Me abrió las piernas, lengua en el coño, lamiendo labios, chupando clítoris. ‘Estás deliciosa, puta mojada’, gruñó. Dos dedos dentro, rompiendo mi virginidad falsa –nunca había follado así de cerca del peligro. Grité bajito, orgasmos me subían, cuerpo temblando. ‘Fóllame ya’, supliqué.
El sexo brutal y el miedo a ser oídos
Su polla entró despacio, estirándome el coño virgen de verdad. Dolor pinchazo, pero placer brutal. ‘Joder, qué apretada’, jadeó. Embestidas fuertes, plaf-plaf contra mi culo, sudor goteando. Yo clavaba uñas en su espalda, ‘Más duro, que nos pillen’. El sofá chirriaba, gemidos ahogados, su polla golpeando el fondo, mi clítoris frotando su pubis. Oí la tele de los vecinos, ¿nos escuchan follar?
Exploté primero, coño contrayéndose, chorros de jugo. Él se corrió dentro, leche caliente llenándome, ‘¡Toma, vecina!’. Nos quedamos jadeando, cuerpos pegajosos.
Hoy en el pasillo, luz tenue del amanecer. Nos cruzamos, él con la bolsa de basura. Sonrisa cómplice, ‘Buenos días, Sofia’. Yo, piernas flojas aún, ‘Shh, secreto’. Sus ojos prometían más, el ascensor nos espera.
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