Llegamos al piso que nos prestaron en la urbanización, cansados del viaje. Dejamos las maletas abajo y subimos las tres plantas a pie, el ascensor estaba jodido. El sitio era chulo: salón grande con ventanal a la terraza, cocina pequeña, dormitorio y baño. Tenía un poco de pereza, pero bajé a por las bolsas. Al volver, mi chico, Pablo, estaba en la terraza, me hizo señas de silencio. ‘Ven, apaga la luz’, susurró. Avancé despacio, el suelo crujía un poco bajo mis pies descalzos. El aire fresco de la noche me erizó la piel.
Me pegué a él, oreja atenta. Al principio no pillé nada, solo el viento susurrando. Luego… murmullos. Gluglús ahogados desde el piso de al lado. La cristalera abierta, oscuridad total. Poco a poco, distinguí una voz de mujer: ‘¿Cerramos la ventana? Nah, nadie nos ve… Pero nos oirán… ¿Quién va a oír a estas horas? Todos duermen. Bueno, pero… ¿Y si mañana nos cruzamos con alguien? Bah, qué más da, nos oigan. A mí me pone, sobre todo cuando gimes tú, suenas como una diosa. Para, qué vergüenza… Vergüenza dices, pero estás empapada. ¿No te excita que nos pillen el oído? Mmm… Abre bien las piernas, quiero lamerte el coño y beberte toda.’
La escucha prohibida que nos puso a mil
Silencio total nosotros dos, pegados. Yo detrás de Pablo, sus brazos rodeándome. Sonidos húmedos, lametones suaves, suspiros. Él: ‘¿Te gusta, cariño? Sí… ¿Quieres mis dedos? Sí… Dilo más alto. ¡Méteme los dedos, porfa! Me encanta, ¿y a ti? ¡Oh sí! Más fuerte, ¡SÍ ME GUSTA! ¿Sigo lamiéndote mientras te meto dedos? ¡SÍ! Quítate la camiseta, acaríciate las tetas y cuéntame qué sientes.’ ‘Me la quito, solo quedo en sujetador… Bajo las copas, pezones al aire, los masajeo… Siento tu lengua y dedos, tus manos en mis tetas, hace fresquito, se me ponen duros…’
Mi polla se empalmó dura contra el culo de Pablo. Besé su cuello, él tembló. Al lado, se aceleraba: ‘Fóllame, no aguanto.’ Ruidos de ropa, gemidos, chapoteos, palmadas de carne. No veíamos nada, solo oíamos, voyeurs ciegos. Gemidos melódicos de ella, como cantando. Pablo me apretaba las caderas, yo me tocaba ya, vibrando. Sus nalgas se movían contra mí.
Respiraciones cortas, ‘Me corro… ¡Sí, córrete, yo también!’ Gritos ahogados. Yo me tensé y exploté en un orgasmo silencioso, Pablo me sujetó fuerte. Silencio. Lo metí dentro, nos besamos con hambre. ‘¿Has corrido? Sí… Quiero follarte ya, estás tieso perdido. En el salón, cerca de la ventana, que nos oigan. ¿Por qué no?’
Puse luz tenue en el baño, puerta entreabierta, un hilo iluminaba. ‘¡Apágalo!’ ‘Quiero que vean siluetas.’ Le puse cojines en el suelo. Besos largos frente al ventanal abierto. Subí su falda, culo al aire. ‘Quizá nos miran mientras te manoseo las nalgas.’ Hablé alto adrede. ‘¡Shh!’ Bajé su tanga empapada, la hice bola y la lancé al balcón de al lado. Vi una sombra fugaz. Dos siluetas aparecieron allí.
Nuestro polvo respondiendo al lado
‘Enséñales cómo mueves el culo.’ Mano en nalga, otra entre piernas. Ella abrió. Dedos en su coño chorreante, la puse a cuatro. Lamía mis pezones, gemí. Desabrochó mi pantalón, polla libre. Me puso de cara al balcón, me pajeaba: ‘Te pone mostrar la polla, ¿eh? Sí, pero despacio… Pellízcame el pezón. ¡Sí, más fuerte! Joder, me la meneas como chupas, si no estuviera así te la metería en la boca.’ Voces altas. Vi el punto rojo de un cigarro.
La empujé contra el marco. ‘¿Te follo de pie? Sí, hazlo.’ Entré suave en su coño húmedo, chapoteaba. ‘Oye cómo suenas, estás inundada. Sí… Sigue.’ Manos en culos, su camiseta arriba, tetas libres. ‘Me flipan tus ubres jugosas. Date la vuelta.’ Agarrada al marco, la penetré por detrás, vientre en nalgas, manos pesando tetas. ‘¿Te mola que te folle así? Hum sí… Agárrame caderas y clávamela fuerte.’
Bancos chocando, respiraciones jadeantes. ‘¡Me corro! ¡Suelta todo!’ Eyaculé profundo, vibrando dentro. Quietos, empotrados. Silencio roto por gemidos de al lado otra vez.
Al día siguiente, en el pasillo fresco, luz filtrando por persianas. Bajábamos bolsas, ruido de pasos. Ellos salían: ella sonrojada, él sonriendo pillo. Nuestras miradas se cruzaron, un secreto ardiendo. ‘Buenos días’, dijo ella tímida. Sonreí: ‘Sí, noche loca, ¿eh?’ Guiño cómplice, el ascensor se cerró con esa tensión viva.