Era tarde, como las dos de la mañana. No podía dormir, el calor del verano me tenía inquieta. Me levanté, descorrí un poco las persianas del balcón. La luz de la farola del patio filtraba tenue, dibujando sombras en el edificio de enfrente. Y entonces lo vi. Mi vecino del 4ºB, ese tipo alto, moreno, con esa barba de tres días que me ponía… Estaba en su balcón, fumando, pero sus ojos fijos en mi ventana. ¿Me estaba mirando? Sentí un cosquilleo en la piel, el aire fresco del balcón erizándome los pezones bajo la camisola fina.

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Al día siguiente, en el ascensor. Subía con bolsas del súper, él entró en la planta baja. Nuestros ojos se cruzaron. ‘Buenas’, murmuró, voz grave. Yo sonreí, ‘Hola, ¿bien la noche?’. Silencio pesado. El ascensor zumbaba, subiendo lento. Noté su mirada bajando por mi escote, mi falda ajustada marcando el culo. El corazón me latía fuerte, el peligro de las cámaras o que parara alguien… Me mordí el labio. ‘¿Tú también tienes calor por las noches?’, solté, juguetona. Él se acercó un paso, ‘Demasiado. Sobre todo mirando balcones’. El ascensor pitó en mi planta. No salí. Sus manos ya en mi cintura.

La Mirada que Enciende Todo

La puerta se cerró de nuevo, pulsó el botón de parada entre pisos. ‘Joder, no aguanto más’, gruñó, besándome con hambre. Sus labios ásperos, lengua invadiendo mi boca. Le arranqué la camisa, sintiendo su pecho duro. ‘Cállate, que nos oyen los del 3º’, susurré, pero ya le bajaba la cremallera. Su polla saltó dura, gorda, venosa. ‘Mira lo que me haces’, dijo, guiándola a mi mano. La apreté, masturbandolo lento, el prepucio deslizándose sobre el glande morado.

Me giró contra la pared fría del ascensor, levantó mi falda. ‘Sin bragas, puta… ¿Lo hiciste por mí?’, jadeó. ‘Sí, para ti, cabrón’, gemí bajito. Sus dedos abrieron mi coño, ya chorreando. ‘Estás empapada, joder’. Me metió dos de golpe, follándome con ellos, el sonido húmedo resonando en el metal. ‘¡Quieto! Alguien sube las escaleras’, siseé oyendo pasos lejanos en el hueco. Pero él no paró, sacó los dedos y clavó su verga de un empujón. ‘¡Ahhh!’, ahogué el grito contra su hombro. Me taladraba fuerte, polla gruesa estirándome el coño, bolas golpeando mi clítoris.

El clímax en la Oscuridad Compartida

‘Vas a correrme dentro, ¿eh?’, murmuró al oído, mordiéndome el lóbulo. ‘No, sácala… pero fóllame más’, supliqué, arqueando la espalda. El ascensor temblaba con cada embestida, sudor goteando, olor a sexo llenando el aire. Aceleró, ‘Me corro, coño…’. Tiró hacia fuera en el último segundo, chorros calientes salpicando mi culo y muslos. Yo me corrí temblando, coño contrayéndose vacío, jugos bajando por las piernas. ‘Joder, qué polla tienes’, susurré, besándolo.

Paramos el ascensor en su planta. Bajó primero, guiñándome. Yo subí a la mía, piernas flojas, semen secándose en la piel. Al día siguiente, en el pasillo. Pasó a mi lado, recogiendo el correo. ‘Buenos días, vecina. ¿Dormiste bien?’, dijo con sonrisa pícara. Yo me sonrojé, sintiendo el secreto quemándome. ‘Como un angelito… hasta la próxima parada’. Sus ojos prometían más. El ascensor zumbó vacío, pero yo ya imaginaba el próximo viaje.

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