Ayer por la mañana, estaba en mi balcón tomando café, con el sol filtrándose por las persianas. Oí pasos pesados en el pasillo del quinto piso. Miré por la rendija de la puerta entreabierta. Era él, mi vecino del 5B, ese sprinter francés que se mudó hace un mes. Jean-Mi, o Jimmy como le llaman. Alto, blanco como la leche, músculos definidos de tanto correr. Entraba sudado del entrenamiento, camiseta pegada al pecho, pantalones cortos marcando paquete. Dios, qué polla debe tener ese tío.
—Hola, vecina —dijo con su acento sexy, pasándose la mano por el pelo mojado—. ¿Todo bien?
La mirada furtiva y la tensión en el pasillo
—S-sí, todo bien. Tú pareces… exhausto —balbuceé, sintiendo un calor entre las piernas.
Sonrió, esa sonrisa de depredador. Sus ojos bajaron a mis tetas, que asomaban bajo la bata fina. El pasillo olía a su sudor masculino, fresco y salado. Cerró la puerta, pero yo no podía dejar de pensar en él toda la tarde. Esa noche, bajando al garaje, el ascensor pitó. Entró él, aún en chándal, oliendo a jabón post-ducha.
Estábamos solos. Silencio pesado. Nuestras miradas se cruzaron en el espejo. Sentí su aliento cerca. —Eres la española del 5A, ¿verdad? La que siempre mira —murmuró.
Me ruboricé. —Te he visto entrenar desde el balcón. Eres… impresionante.
Se acercó. Su mano rozó mi cadera. —Y tú me pones cachondo cada vez que te veo por el pasillo.
El ascensor se paró entre pisos. O clic. Nos miramos. La barrera cayó. Me besó con furia, lengua invadiendo mi boca. Sus manos bajaron mi falda, dedos directos a mi coño ya empapado.
El sexo salvaje con riesgo de ser oídos
Subimos a trompicones a su piso. Puerta apenas cerrada. Me arrancó la blusa. —Joder, qué tetas tan ricas —gruñó, chupándomelas mientras yo le bajaba los pantalones. Su polla saltó, gruesa, venosa, cabezona. La agarré, masturbándola. Él me tiró al sofá, abrió mis piernas.
—Voy a comerte ese coño hasta que chorreés —dijo, lamiendo mi clítoris. Dios, qué lengua. Experto, como si corriera sprints con la boca. Gemí fuerte, mordiéndome el labio. Sus dedos entraban y salían, chapoteando en mis jugos. —¡Córrete, puta vecina! —ordenó. Exploté, squirté en su cara. Él bebió todo, riendo. —Eres una fuente, joder.
No paró. Me puso a cuatro patas, polla dura como hierro. —Te voy a follar hasta que grites. Pero calla, que los vecinos oigan. Me encanta el riesgo.
Empujó de un golpe. Llenándome entera. —¡Ahhh! ¡Qué polla tan grande! —grité. Él me azotaba el culo, follándome salvaje. El sofá crujía, slap-slap de carne contra carne. Sudor goteando, olor a sexo puro. —Más fuerte, Jimmy, rómpeme el coño —supliqué. Él aceleró, como en una carrera. Sentí sus huevos golpeándome. —Me corro… ¡toma mi leche! —rugió, llenándome de porra caliente. Yo volví a correrme, temblando, jugos mezclados chorreando por mis muslos.
Nos quedamos jadeando. Él dentro de mí aún. —Esto ha sido… brutal —dijo, besándome el cuello.
Al día siguiente, en el pasillo. Oí sus pasos. Salí ‘por casualidad’. Nuestras miradas se cruzaron. Sonrisa pícara. —Buenos días, vecina. ¿Dormiste bien? —preguntó, voz baja.
—Con sueños húmedos —susurré, rozándole la mano. El secreto quema. Sé que volverá a pasar. Ese frisson del peligro, de ser vecina y puta suya. El pasillo nunca fue tan excitante.