Vivo en un edificio viejo del centro, con balcones que se miran. La otra noche, no podía dormir. La luz de la habitación de enfrente se filtraba por las persianas. Me acerqué a la mía, curiosa. Y allí estaba él, mi vecino Luis, el del piso 3B. Alto, delgado, pero… joder, se estaba poniendo lencería negra. Un tanga que le marcaba el paquete, medias hasta los muslos. Se miró al espejo, se pasó la mano por el culo, gimiendo bajito. Mi coño se mojó al instante. ¿Travesti? El corazón me latía fuerte, el aire fresco del balcón me erizaba la piel. Oí sus pasos en el pasillo, crujiendo el suelo de madera.

Al día siguiente, en el ascensor. Vacío, solo nosotros. Él con vaqueros ajustados, yo con falda corta. Nuestros ojos se cruzaron. Sabía que lo había visto. Sonrió, pícaro. ‘¿Dormiste bien anoche?’, murmuró, voz ronca. Me acerqué, el ascensor pitó en el sótano. ‘Te vi… preciosa’, le susurré, rozando su mano. Tension sexual pura. Sus dedos apretaron los míos. ‘Ven a mi piso esta noche. Puerta entreabierta’. El ascensor se abrió, salí temblando, el coño palpitando. Toda la tarde fantaseando con su culo depilado.

La mirada que lo cambió todo

Llegué a las 11, tacones silenciosos en el pasillo. Empujé la puerta, luz tenue. Él estaba allí, en portaligas, peruca rubia, labios rojos. ‘Sabía que vendrías, guarra’, dijo, tirándome contra la pared. Me besó salvaje, lengua profunda. Le bajé los tangas, su polla saltó dura, venosa. ‘Chúpamela’, ordenó. Me arrodillé, el suelo frío. Lamí su glande salado, tragué hasta la garganta. Tosí, pero seguí, babeando. Él gemía: ‘Sí, puta vecina, trágatela toda’. Me levantó, me arrancó la braguita. Dedos en mi coño empapado. ‘Estás chorreando por mí’. Me tiró al sofá, cara al balcón abierto. El ruido de coches abajo, riesgo de que nos oigan.

El clímax en su piso y el secreto del pasillo

Me abrió las piernas, lamió mi clítoris hinchado. ‘Qué coño tan rico, vecinita’. Metí su cabeza, arqueándome. Luego, él se puso a cuatro, culo en pompa. ‘Fóllame el culo, hazme tu puta’. Escupí en su ano rosado, empujé dos dedos. Se retorcía: ‘Más, joder’. Saqué mi juguetito del bolso –un dildo negro grueso–, lo lubriqué con mi saliva. Lo clavé despacio. ‘Aaaah, duele rico’, gritó. Empujé fuerte, hasta los huevos. El sofá crujía, nuestros jadeos llenaban la habitación. ‘Cállate o nos pillan’, susurré, acelerando. Su polla goteaba pre-semen en la alfombra. Le apreté las bolas, follándolo brutal. Él se corrió gritando: ‘Me vengo, hostia’. Chorros blancos por todas partes. Yo me froté el clítoris, explotando en olas, mordiéndome el labio para no aullar. Sudor, olor a sexo crudo, luz de farola entrando.

Después, tumbados, fumando un cigarro. ‘Nadie lo sabrá’, dijo, acariciándome el muslo. Me fui a casa, piernas flojas, coño dolorido. Al día siguiente, pasillo. Él saliendo con bolsas de la compra, yo con el perro. Nuestras miradas chocaron, sonrisas culpables. ‘Buen día, vecina’, guiñó. Rozó mi mano al pasar. El secreto quema, el pasillo huele a promesa. ¿Repetimos? El ascensor espera.

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