Ay, chicas, no os podéis imaginar lo que me pasó el otro día con el vecino del quinto. Me llamo Lola, vivo en este viejo edificio del centro, paredes finas como papel y balcones que se miran de frente. La luz de la tarde filtra por las persianas mal cerradas, y yo, que soy una voyeur empedernida, siempre curioseo. El tipo se llama Pablo, alto, rubio ceniza, musculoso de gimnasio, pero con esa mirada de perrito sumiso. Lo vi por primera vez hace semanas, solo en su balcón, fumando un cigarro. El aire fresco del atardecer le movía el pelo, y de repente… bajó la mano al pantalón. Se tocaba la polla despacio, con esa cara de placer reprimido. Oí sus jadeos suaves, amortiguados por el tráfico de abajo. Me mojé al instante, pensando en el peligro: ¿y si su mujer lo pilla?

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La tensión empezó a subir en el ascensor. Ese cacharro viejo que traquetea y se para en cada piso. Un día, coincidimos solos. Él entró oliendo a jabón fresco, yo con mi falda corta que se sube sola. Nuestros cuerpos se rozaron, su paquete duro contra mi culo. ‘Perdón’, murmuró, pero sus ojos decían ‘fóllame’. Le sonreí, mordiéndome el labio. ‘No pasa nada, vecino… me gusta el contacto’. Silencio pesado, el ascensor pitó al llegar al suyo. ‘Si quieres, sube un rato… mi mujer no está’, soltó de golpe, voz temblorosa. El corazón me latía fuerte. ¿Y si alguien sale al pasillo? El clic de la puerta al cerrarse fue el fin de la barrera. Sus manos en mi cintura, beso hambriento, lenguas enredadas. ‘Te he visto espiarme’, jadeó. ‘Sí, y me pone cachonda verte así de sumiso’.

La mirada indiscreta que lo cambió todo

Entramos en su salón, luces tenues, el ruido de los vecinos del piso de abajo con la tele alta. Me empujó contra la pared, levantó mi falda y metió dedos en mi coño ya empapado. ‘Joder, estás chorreando’, gruñó. Le bajé los pantalones y… sorpresa: llevaba una jaula de castidad en la polla. Metal frío, su verga hinchada intentando salir. ‘Mi mujer me controla’, confesó, rojo de vergüenza. Saqué la llave de su bolsillo –me la dio sin pensarlo– y abrí esa puta prisión. Su polla saltó libre, gorda, venosa, 18 cm de pura carne palpitante. Me arrodillé, la chupé como una puta, garganta profunda, saliva goteando. Él gemía fuerte, ‘¡Cuidado, nos oirán!’, pero no paraba. Me levantó, me tiró en el sofá, abrió mis piernas. ‘Te voy a follar hasta que grites’. Entró de un empujón, polla dura rompiéndome el coño. Ritmo brutal, pellizcándome los pezones, mordiéndome el cuello. Oíamos pasos en el pasillo, el ascensor… el riesgo me hacía correrme ya. ‘Más fuerte, cabrón, rómpeme’, le supliqué. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo, tetas rebotando, coño tragándosela entera. Él me agarraba el culo, metiendo un dedo en mi ano. ‘¡Me vengo!’, gritó, y noté su leche caliente llenándome, chorros potentes. Yo exploté encima, squirtando en su vientre, mordiéndome la mano para no aullar.

El polvo brutal con el miedo a los vecinos

Después, sudados, encajados, besos lentos. Me limpió el coño con la lengua, tragando su propia corrida mezclada con mis jugos. ‘Esto es nuestro secreto’, susurró. Me vestí rápido, él se puso la jaula de nuevo, click del candado. Bajé temblando, piernas flojas.

Al día siguiente, pasillo estrecho, olor a café matutino. Nos cruzamos: él con la compra, yo en bata. Nuestras miradas se clavaron, sonrisas culpables. Su mano rozó la mía, un guiño. ‘Buen día, Lola’. ‘Igual, Pablo… hasta la próxima’. El ascensor pitó, solos otra vez. El secreto quema, y ya ansío más.

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