Ay, chicas, no os podéis imaginar lo que me pasó el otro día con mi vecino Octavio. Vivo en un edificio viejo del centro, de esos con balcones que se miran de reojo. Él es el dueño de la librería de abajo, un tipo de unos 50, con barba canosa y ojos verdes que te clavan. Siempre lo saludo en el pasillo, pero nunca nada más. Hasta esa tarde…
Estaba en mi balcón, fumando un cigarro, cuando vi luz filtrando por sus persianas entreabiertas. El aire fresco de la tarde me erizaba la piel. Me acerqué un poco, curiosa, y… joder, ahí estaba él, sentado en su sillón, con una revista abierta en la mesa. Revistas antiguas, de los 50, con tías desnudas de tetas enormes y coños afeitados a retoque fotográfico. Lo vi pasar las páginas, mordiéndose el labio. Sus manos… una en la polla, ya dura, pajeteándose despacio. El ruido de sus jadeos llegaba suave, como un secreto. Me mojé al instante, el corazón latiéndome fuerte. ¿Y si me veía? Ese riesgo me ponía a mil.
La mirada furtiva y la tensión en el pasillo
Al día siguiente, en el ascensor. Nos subimos juntos, solos. Él con una caja de libros bajo el brazo, oliendo a café y papel viejo. ‘Hola, Penélope’, dice con esa voz grave. Yo, nerviosa, ‘Hola, Octavio… ¿nuevas lecturas culturales?’. Se ríe, y suelta: ‘Algunas revistas que dan para mucho. ¿Quieres ver?’. El ascensor para entre pisos, un tirón. Nos miramos. ‘¿Aquí? ¿Estás loco?’, susurro, pero mi mano ya roza su paquete. Él me empuja contra la pared, besándome el cuello. ‘Siempre te miro las tetas en el pasillo’, gruñe. La barrera cae. Sus dedos bajo mi falda, palpando mi tanga empapada. ‘Estás chorreando, puta vecina’.
El polvo brutal y el secreto ardiente
No aguantamos. Puertas cerradas, pero el botón de parada pulsado. Me baja las bragas de un tirón, el aire frío me hace gemir. ‘Mira lo que tienes, coño rasurado como esas revistas’. Me da la vuelta, falda arriba, y me mete la polla de golpe. Gruesa, venosa, me parte en dos. ‘¡Joder, qué prieta!’, jadea, embistiéndome fuerte. Yo me agarro a la barandilla, tetas botando fuera del sujetador. Cada polvazo hace ruido, eco en el hueco del ascensor. ‘Cállate o nos oyen’, susurro, pero gimo más alto. Él me tapa la boca, follándome como un animal. Siento su sudor en mi espalda, sus huevos chocando contra mi clítoris. ‘Me voy a correr dentro’, avisa. ‘¡Sí, lléname!’, suplico. Eyacula caliente, chorros que me desbordan por las piernas. Yo me corro temblando, mordiendo su mano. Olía a sexo puro, a prohibido.
Salimos jadeantes, arreglándonos. Él guiña: ‘Nuestro secreto cultural’. Al día siguiente, en el pasillo. Nuestras miradas se cruzan, sonrisa cómplice. Oigo sus pasos detrás de mí, y siento su mirada en mi culo. El ascensor pasa vacío. ¿Repetimos? El frisson me mata. Chicas, vivir cerca es un peligro delicioso.