Vivo en este edificio viejo del centro, paredes finas como papel. Desde mi balcón, con el aire fresco de la noche, espiaba sin querer al vecino del quinto. Lorenzo, el chico serio que lleva las cuentas de la familia, siempre con su padre hablando de tierras o lo que sea. Pero lo que me ponía era ver cómo follaba a Donatella, la rubia perfecta del piso de al lado, toda creída y mandona. Él parecía… no sé, obligado. Sus gemidos a ella eran falsos, lo notaba en cómo me miraba a veces, a mí, la del bajo, la que mis padres encerraron un tiempo por mi “escándalo” pasado. Un polvo que salió mal, un crío que no llegó, y zas, castigo. Pero yo soy libre ahora, abierta a todo.

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Una tarde, pasos en el pasillo. El ascensor se abre, entro yo con la compra, él solo. Olor a su colonia mezclada con el metal frío. “Hola, Mirabella”, dice, voz baja, ojos clavados. Silencio pesado, el ascensor sube lento. Siento su mirada en mis tetas, bajo al coño. “¿Qué tal Donatella?”, suelto, provocona. Él ríe nervioso. “Un coñazo, la verdad. Prefiero…”. El ascensor para en mi piso, puertas chirrían. Lo miro: “Sube, si quieres”. Dudó un segundo, entra. Puerta cierra, barreira cae. Sus manos en mi cintura, beso hambriento. “Joder, te he visto por la ventana”, murmura. Yo sonrío: “Yo a ti, follando sin ganas”.

La mirada furtiva y el ascensor cargado

Lo arrastro al salón, persianas entreabiertas, luz filtrando rayas en su piel. Le bajo los pantalones, polla dura ya, gorda, venosa. La chupo ansiosa, lengua en el capullo, saliva chorreando. “Mmm, qué buena boca”, gime él, manos en mi pelo. Lo empujo al sofá, me subo a horcajadas. Mi coño peludo –no me depilo siempre, me pone salvaje– se traga su verga de un golpe. “¡Hostia, qué prieta!”, gruñe. Cabalgo fuerte, tetas botando, sudor pegando piel. Paredes finas, oigo vecinos moviéndose arriba. Miedo delicioso: si nos pillan… Él me agarra el culo, dedo en mi ano. “¿Te gusta por detrás?”, pregunta jadeante. “Fóllame el culo, cabrón”, susurro. Cambio posición, a cuatro patas contra la ventana. Escupe en mi ojete, mete polla despacio. Duele rico, estira. Empieza a bombear, cachetadas en nalgas. “¡Sí, rómpemelo!”, grito bajito. Su polla me parte, bolas golpeando clítoris. Me corro temblando, coño chorreando. Él acelera: “Me vengo…”. Chorros calientes en mi culo, leche goteando. Jadeamos, cuerpos pegados, olor a sexo llenando el aire.

Al día siguiente, pasillo. Él sale del ascensor, yo del mío. Miradas cruzadas, sonrisas culpables. Pasos lentos, roza mi mano. “Anoche… increíble”, susurra. Asiento, coño húmedo ya. “Cuidado, Donatella ronda”. Ríe: “Que le den. Quiero más de ti, ribalda”. Puerta mía cierra, secreto nuestro quema. Sé que volverá, el peligro nos enciende.

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