Era una noche de bochorno en el edificio, de esas que no dejas dormir. Vivía sola en el 3ºB, gordita, con la piel llena de granitos y el pelo siempre revuelto. Me sentía fea, invisible. Salí al balcón por un poco de aire fresco, el suelo aún caliente bajo los pies descalzos. La luz de la luna filtraba por las persianas mal cerradas del vecino de arriba, el 4ºA. Alto, moreno, con ese cuerpo que te hace tragar saliva.
Oí un jadeo suave, como un suspiro ahogado. Me asomé un poco, el corazón latiéndome fuerte. Ahí estaba él, en calzoncillos, la mano en la polla dura, moviéndola lento. Me vio. Nuestras miradas se cruzaron a través de la pared baja del balcón compartido. No paró. Sonrió, pícaro, y siguió pajeándose más rápido. El sonido de su piel, slap-slap, me erizó la piel. Me quedé clavada, las bragas ya húmedas. Él se corrió con un gruñido bajo, chorros blancos en el aire. Luego guiño y desapareció.
La mirada indiscreta desde el balcón y la tensión en el ascensor
Al día siguiente, ascensor. Solos. El zumbido viejo del aparato, el olor a metal y su colonia fuerte. ‘Anoche… te vi mirándome’, murmuró, voz ronca, ojos clavados en mis tetas bajo la camiseta fina. ‘Tú… tú estabas…’. Tartamudeé, ruborizada. Su mano rozó mi cadera ‘accidentalmente’. El ascensor paró en mi piso, pero él susurró: ‘Esta noche, balcón. Quiero verte más’. La puerta se abrió con un ding, salí temblando, coño palpitando.
No dormí. Noche tras noche, balcón. Él pedía más: ‘Quítate las bragas, ábrete’. Yo, dudando, eh… vale. Remontaba la camisola, piernas gordas temblando al aire fresco. ‘Joder, qué coño tan bonito tienes. Rosa, jugoso’. Sus palabras me quemaban. Abría más, clítoris hinchándose solo con su mirada hambrienta. Me tocaba despacio, dedo en el capuchón, gimiendo bajito por miedo a los vecinos.
Una noche, la barrera cayó en el ascensor. Tardísimo, íbamos los dos, olor a sudor y deseo. Puertas cerradas, se abalanzó. ‘No aguanto más, déjame verte de cerca’. Bajó mis leggings, me sentó en el suelo sucio. ‘Mírame el coño’, supliqué yo ya ida. Luz amarilla parpadeante, rodillas abiertas. ‘Dios, es precioso. Lame’. Su lengua entró, chupando labios hinchados, clítoris duro. Gemí fuerte, tapándome la boca. ‘Shh, que nos oyen los del 2º’.
El polvo crudo con miedo a ser oídos
No bastó. Me puso de rodillas, polla gorda contra mi cara. ‘Chúpala, vecinita’. Olía a hombre, venoso, palpitante. La tragué hasta la garganta, babeando, él gimiendo ‘joder, qué boca’. Miedo al ding del ascensor. Me levantó, contra la pared metálica fría. ‘Te voy a follar ese coño mojado’. Entró de un empujón, polla llenándome entera, estirándome. Plaf-plaf-plaf, rápido, brutal. ‘Más duro, rómpeme’, susurré. Sus manos en mis tetas gordas, pellizcando pezones. Sudor goteando, el ascensor temblando. ‘Me corro… agárrate’. Chorros calientes dentro, yo explotando, coño contrayéndose, jugos bajando piernas. Ahogado, jadeante.
Otro día, lo repetimos en su piso. Puerta entreabierta al pasillo, riesgo total. Me tiró en la cama, luces de neón filtrando stores. ‘Ábrete como flor’. Me abrió piernas, lengua en ano primero, luego coño. ‘Qué ano tan rico, lo probaré después’. Dos dedos dentro, curvados en el punto G. ‘Córrete mirándome’. Grité, orgasmo largo, chorros salpicando sábanas. Él se la meneó encima, leche en mi barriga.
Noches así me cambiaron. Piel limpia, delgada, pelo brillante. Él volvía siempre, palabras sucias: ‘Eres una puta deliciosa, coño adicto’. Al final, la barrera vecinal se rompió del todo.
A la mañana, pasillo. Pasos en el suelo gastado. Nos cruzamos. Él con bolsa basura, yo con pan. Mirada cómplice, sonrisa torcida. ‘Buen coño hoy también’, susurró bajito. Temblé, secret quemando. Los vecinos pasando, ajenos. Nuestro polvo, eterno.