Vivo en un viejo edificio en el centro. El tipo del 4º, Javier, es un bruto con hombros anchos, pelo largo y cara curtida. Lo he visto cargando cajas, sudado, oliendo a hombre de verdad. Ayer, en el ascensor, todo cambió. Entró detrás de mí, el espacio estrecho, el zumbido del motor. Sentí su mano grande posarse en mi culo, apretando mi falda ajustada. No fue un roce. Se quedó ahí, cubriéndolo todo. Me giré, furiosa, clavando mis ojos en los suyos, verdeazulados, sonriendo sin pudor.

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—¿Qué coño haces? —balbuceé, roja, el corazón latiendo fuerte.

La tensión sube en el ascensor compartido

—Son preciosas tus nalgas —dijo tranquilo, como si charláramos del tiempo. Su mano no se movió. La deslizó despacio, de lado a lado, subiendo y bajando. El ascensor traqueteaba entre pisos. Pensé en gritar, pero… el morbo me paralizó. El peligro de que alguien entrara, el clic de la puerta. Su dedo rozó la curva, apretando suave. Un escalofrío me recorrió la espalda.

—Javier, ¿verdad? Soy Marta, del 3º —murmuré, snob, pero ya jadeando.

—Venga, sube a mi piso. Un trago rápido. —Me cogió la cintura, fuerte pero tierno, y salimos juntos. La puerta del ascensor pitó. Pasos en el pasillo, pero nadie. Entramos en su cuchitril: olor a vino, jamón colgando, posters viejos en las paredes. Un bar cutre arriba del todo.

Me sirvió un vino blanco potente, afrutado, con embutido jugoso. Lo probé, hmm, sapidez pura. Me relajé en su sofá raído, luz filtrando por las persianas. Su mano volvió a mi nuca, masajeando. No dije no. Me levantó, escaleras crujientes, y en su habitación con papel rosa descolorido, cama enorme.

El sexo crudo y el miedo a ser oídos

Me tumbé, ojos cerrados, el colchón hundiéndome. Javier me quitó los zapatos, manos subiendo mis piernas, firmes en mis muslos. Abrí los ojos, su boca en la mía, lengua danzando. Desabroché su camisa, torso peludo, duro. Olía a macho, sudor limpio. Mi coño palpitaba. Le bajé los pantalones, polla gruesa, curvada, glande carnoso asomando. La olí, embriagadora, musgosa.

—Joder, qué polla tan rica —gemí, primera vez diciendo eso. La chupé ansiosa, lengua en el glande, bolas pesadas. Él gruñó bajo, pero el vecino del 5º… ¿oyó? Me cabalgó encima, frotando mi chochito húmedo en su verga. Me desnudé lento, tetas al aire, pezones duros. Él las pellizcó, jugó con ellos.

Me giró, lengua en mi culo, lamiendo el ano, ¡dios! Nunca tan cachonda. Me comió el clítoris, ritmos locos, hasta correrme temblando, mordiendo la almohada para no gritar. El edificio cruje, voces lejanas. Miedo delicioso. Me penetró despacio, luego fuerte, polla llenándome, golpes profundos. —Fóllame más, joder —supliqué. Segundo orgasmo, nos agarramos, tsunami de placer.

Quedamos jadeantes, sudorosos, terminando el vino desnudos. Nos vestimos en silencio. Bajé a mi piso flotando.

Hoy, en el pasillo, cruzamos miradas. Pasos lentos, eco. Él sonrió pícaro, yo me mordí el labio. —Buenas, vecina —dijo bajo. Mi culo aún siente su mano. El secreto arde, próximo polvo inminente. El ascensor espera.

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