Estaba en mi balcón, fumando un cigarro a media mañana. El sol filtraba por las persianas de mi vecino Adrien, ese tipo que siempre parece dormido incluso despierto. Lo vi ahí, tirado en la cama deshecha, mirando el techo como si el mundo no existiera. Eh… su mano se movía lenta bajo las sábanas. Muy lenta. Me quedé clavada, el corazón latiéndome fuerte. ¿Me veía? La ventana entreabierta dejaba oír su suspiro largo, como un ronroneo.

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Los días siguientes, lo pillaba igual. Contemplando, tocándose con esa pereza que me ponía cachonda. Yo, con las bragas húmedas, imaginando meterme ahí. Una tarde, pasos en el pasillo. Bajaba al supermercado, él salía torpe, barba de una semana, camisa abierta mostrando pecho. Nuestros ojos se cruzaron en el ascensor. Silencio pesado. Olía a su sudor fresco, mezclado con mi perfume dulce. ‘¿Todo bien?’, murmuró, voz grave. ‘Sí… solo calor’, balbuceé, mordiéndome el labio. Sus dedos rozaron mi mano al apretar el botón. El ascensor bajó lento, como él. Sentí su mirada en mis tetas, endureciéndose los pezones bajo la blusa fina.

La mirada indiscreta que lo cambió todo

Paramos en el sótano. Puertas abrieron, nadie entró. La tensión explotó. Me giré, lo empujé contra la pared. ‘Joder, Adrien, te he visto’, jadeé. Él sonrió perezoso, manos en mi culo. ‘¿Y qué viste?’, susurró, mordiéndome el cuello. Sus labios calientes, barba raspando. Le bajé el pantalón de un tirón. Su polla saltó dura, venosa, goteando ya. ‘Esto’, gemí, arrodillándome. La chupé honda, lengua en el glande, saliva chorreando. Él gruñó bajo, manos en mi pelo. ‘Cuidado, nos oyen’, dijo, pero empujaba caderas lento, follándome la boca.

Subimos a su piso, puerta entreabierta. Caímos en su cama revuelta. Le arranqué la ropa, montándome encima. Mi coño empapado se tragó su polla entera de un golpe. ‘¡Fóllame fuerte!’, supliqué, pero él iba lento, profundo, girando dentro. ‘Así… despacio te sientes más’, murmuró, pellizcando mis pezones duros. Rebotaba yo, tetas saltando, sudor pegándonos. El colchón crujía, eco en el pasillo. ‘¡Calla, coño, los vecinos!’, siseó excitado, tapándome la boca. Metió dedos en mi culo mientras me taladraba el coño. Gemí ahogada, orgasmos rompiéndome en olas. Él aceleró al fin, polla hinchada, corriéndose dentro a chorros calientes, llenándome.

El polvo intenso y el secreto ardiente

Agotados, jadeando. Su semen chorreaba por mis muslos. ‘Vuelve cuando quieras’, dijo perezoso, acariciándome. Salí temblando, bragas en el bolsillo.

Al día siguiente, pasillo. Él saliendo con bolsas lentas. Nuestros ojos chocaron, sonrisa cómplice. ‘Buenos días, vecina’, guiñó, voz inocente. Pasos lejanos de otros vecinos. Me sonrojé, coño palpitando aún. ‘Igual para ti… y no tan buenos’, susurré pasando rozándolo. El secreto quema, delicioso. Sé que volverá a mirarme por la ventana. Y yo, a espiarlo.

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