Ay, chicas, acabo de volver de las fiestas y ya estoy con el coño palpitando. Todo empezó ayer, bajando al garaje. Oí pasos en el pasillo, ese eco hueco que resuena en el bloque. Era él, el vecino nuevo del 4ºB, el chaval joven y atlético que vi hace semanas por la ventana de mi salón, arreglando su bici en el balcón. Sudado, con los músculos marcados… Mmm, me quedé mirando como una tonta, con las persianas entreabiertas, el sol filtrándose en rayos dorados.
Entramos los dos en el ascensor. Silencio pesado, aire cargado. Nuestros brazos se rozaron, su olor a colonia fresca me invadió. ‘¿Todo bien por las fiestas?’, me soltó con una sonrisa pícara. Dudé, tragué saliva. ‘Solas, como siempre… ¿y tú?’. ‘Mejor ahora’, dijo, mirándome las tetas bajo el top nuevo que me regalé. El ascensor pitó en la planta baja, pero antes de salir, saqué mi móvil. ‘Oye, ¿me pasas tu número? Tengo un problema con el wifi y eres el listo del edificio’. Me lo dio sin pensarlo. Puerta abierta, vecinos pasando… el corazón me latía fuerte.
La mirada que lo cambió todo
Subí volando, me tiré en el sofá con el gato ronroneando a mis pies. Le escribí: ‘Prueba de conexión: ¿imprime mi impresora?’. ‘Vengo a verlo’, contestó rápido. Empezamos el jueguecito de la A: ‘A de agradecida, por venir’. ‘B de bulto que me pones’, respondió. Jajaja, el chaval picó. C de coño mojado ya pensando en ti. D de dedos queriendo tocarte… Así hasta la Z, con fotos robadas en el baño: sus nalgas firmes sobre el azulejo blanco, mi sujetador negro colgando. ‘Eres una puta coqueta’, me mandó. ‘Ven ya, o reviento’.
La barrera cayó esa noche. Llamó a la puerta a las 20h, con una botella en la mano. ‘Traje cena’, dijo, pero nos lanzamos como animales. Lo arrastré al salón, luz tenue de la lámpara, cortinas mal cerradas. Le bajé los pantalones de un tirón: polla dura, gorda, venosa, palpitando. ‘Joder, qué pedazo’, gemí, arrodillándome. La chupé voraz, lengua alrededor del glande, saliva chorreando, él gimiendo bajito: ‘Cuidado, nos oyen los del 4ºA…’. Me encantaba el riesgo, el pasillo silencioso al otro lado.
El polvo salvaje y el secreto compartido
Me tumbó en el sofá, me arrancó las bragas. ‘Estás empapada, puta’, gruñó, metiendo dos dedos en mi coño chorreante. Lamía mi clítoris, succionando fuerte, yo ahogando gemidos contra su pelo. ‘Fóllame ya’, supliqué. Se puso un condón, me abrió las piernas y embistió de golpe. Polla enorme estirándome, follando salvaje, tetas rebotando. Cambiamos: yo encima, cabalgando, nalgas chocando contra sus muslos, sudor goteando. ‘Más fuerte, cabrón’, jadeé. Él de perrito, azotándome el culo, metiendo un dedo en mi ano. Orgasme brutal, coño contrayéndose, gritando su nombre… pero mordiéndome el labio, oyendo pasos en el pasillo.
Se corrió dentro del condón, gruñendo, cuerpo temblando. Nos quedamos jadeando, piel pegajosa, olor a sexo impregnando el aire. ‘Ha sido… joder’, murmuró. Cenamos desnudos en la cocina, follando otra vez sobre la mesa, platos tintineando.
Al día siguiente, pasillo fresco de mañana. Nos cruzamos saliendo. ‘Buenos días, vecina’, guiñó, voz normal pero ojos ardiendo. Sonreí, rozando su mano. ‘El wifi va perfecto ahora’. Secreto nuestro, el bloque entero ajeno al polvo de anoche. Mi coño aún duele… y quiero más.