Me llamo Lucía, tengo 24 años y vivo en un bloque de Madrid, en el cuarto piso. Soy menudita, 1,55 y 42 kilos, morena, con curvas justitas pero un culo que vuelve locos. Me encanta el morbo, el riesgo de que te pillen, sobre todo con vecinos. Ese cosquilleo de lo prohibido… uf.

Era junio, calor asfixiante. Una noche, oí ruidos. Gemidos ahogados del piso de al lado, el quinto, el de Marcos, el vecino nuevo. Alto, musculoso, unos 35 tacos. Miré por la rendija de las persianas. Luz tenue filtrando, él la follaba a su ex contra la pared del salón. La polla gruesa entrando y saliendo del coño depilado de ella, sudor brillando en sus cuerpos. Él gruñía bajito, ella mordiéndose el labio para no gritar. Mi coño se mojó al instante. Me toqué disimulando, el corazón latiéndome fuerte.

La mirada que lo cambió todo en el pasillo

Al día siguiente, en el ascensor. Solos. Olor a su colonia mezclada con el mío. Nuestras miradas se cruzaron. Sonrió pícaro, como si supiera. ‘Buenas noches, Lucía’, dijo con voz ronca. ‘¿Dormiste bien?’. Dudé, tragué saliva. ‘Sí… oí algo raro anoche’. Él se acercó un paso, el ascensor pitó en mi planta. ‘Si quieres, te cuento’. El aire se cargó de tensión, mis pezones duros contra la camiseta fina.

Esa misma tarde, pasos en el pasillo. Llamaron a mi puerta. Marcos, con una botella de vino. ‘Para compensar el ruido’, guiñó. Entramos en su piso. Puerta cerrada, pero paredes finas, vecinos arriba y abajo. Beso brusco, lenguas enredadas. Manos en mi culo, apretando. ‘Te vi mirando, puta voyeur’, murmuró. Me arrancó la falda, bragas al suelo. Su polla ya tiesa, gorda, venosa. La chupé arrodillada, saliva chorreando, él gimiendo ‘joder, qué boca’.

Me tiró al sofá, piernas abiertas. Lamía mi coño, lengua clavándose en el clítoris, dedos en mi ano. ‘Estás empapada, zorra’. Metió dos dedos, luego tres, me corrí gritando, mordiendo el cojín por miedo a que nos oyeran. La señora del tercero siempre curioseando. Él se puso encima, polla empujando mi entrada. ‘Te voy a follar como a ella, pero mejor’. Entró de un golpe, coño estirado al límite. Follando duro, tetas rebotando, sudor goteando. ‘¡Más fuerte!’, supliqué. Cambiamos, yo encima, cabalgando, polla tocando el fondo. Él pellizcaba pezones, azotaba culo. ‘Cállate o nos pillan’, jadeó, pero gemí más alto.

El polvo brutal y el miedo a los vecinos

Me puso a cuatro, desde atrás. Polla en coño, luego sacó lubricante del cajón. ‘Relájate’. Empujó en mi culo, despacio al principio, dolor-placer. ‘¡Qué ano virgen!’, gruñó. Me folló el culo salvaje, bolas golpeando clítoris. Oí pasos en el pasillo, congelados un segundo. Adrenalina pura. Él aceleró, ‘me corro dentro’. Lechada caliente llenándome, yo explotando en orgasmo, piernas temblando, grito ahogado.

Se quedó dentro un rato, besos suaves. Limpiamos rápido, risas nerviosas. ‘Vuelve cuando quieras’, susurró.

Al día siguiente, cruce en el pasillo. Lavandería común, luz fluorescente parpadeando. Él con bolsas, yo con ropa. Miradas cargadas. ‘¿Todo bien?’, preguntó casual. Sonreí, mejillas ardiendo. ‘Perfecto… silencio total’. Guiño suyo, roce de manos. La vecina del bajo pasando, ajena. Ese secreto quema, cada mirada promete más. ¿Y si la próxima en el balcón, con vistas a todos?

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *