Era viernes por la noche, confinados en este edificio viejo de Madrid. Yo acababa de volver de correr, sudada, con el corazón latiendo fuerte. En la callejuela trasera, los niños jugaban aún, aunque ya oscurecía. Vi a Marcos, mi vecino del piso de al lado, charlando con otros padres. Siempre me mira… con esa hambre en los ojos. ‘¡Hola Lucía!’, grita, pero su voz tiembla un poco. Le sonrío, noto cómo recorre mi cuerpo con la mirada, mis leggings pegados a las piernas.

‘¿Vienes a entrenar en mi salón? Tengo la bici estática lista’, le digo bajito, mientras los vecinos no oyen. Él duda, ‘Eh… sí, con esta lluvia no puedo salir’. Perfecto. Le doy las llaves antes, alibi para todos: ‘Entrenamos juntos, por el covid y eso’. Mi novia está en Barcelona, varada por la pandemia. Necesito acción, el frisson de lo prohibido, tan cerca de casa.

La llegada sudada y la tensión en el salón

Entro sola primero. El salón huele a mi perfume, luz tenue de la lámpara. Oigo la puerta: clic de la llave. Marcos llega con su bici, la monta en la base. Se quita la camiseta, solo en mallas de ciclista. Pum. Su pecho sudado, músculos marcados. Yo me pongo mis shorts y top ajustados. Pedaleamos frente a frente. Ruido de cadenas, jadeos. Sudor gotea en el suelo, forma charcos. ‘¡Joder, qué intenso!’, gime él. Yo acelero, mis tetas rebotan, pezones duros bajo el lycra.

Se crampa el gemelo. ‘¡Ay!’. Bajo, le ayudo a quitarse los zapatos. Sus manos en mi hombro, piel caliente. Le masajeo la pierna, aceite de oliva… resbaladizo. ‘Gracias, Lucía… mmm’. Sus ojos bajan a mi entrepierna. La barrera cae. Le subo el pie entre mis muslos, masajeo más arriba. Silencio pesado, solo nuestros respiros.

Sus dedos rozan mi piel. ‘¿Quieres que pare?’, susurro. ‘No… sigue’. Me abro de piernas en la silla, short arriba. Mi coño depilado asoma, húmedo ya. Él se arrodilla. ‘Joder, Lucía…’. Su lengua roza mis labios mayores, salado de sudor. Gimo bajito, miedo a que oigan los vecinos. ‘Chis… piano’. Pero él lame fuerte, chupa mi clítoris hinchado. ‘¡Qué rico tu coño!’, murmura. Dos dedos dentro, calientes, follándome lento. Mi cyprine chorrea, olor a sexo crudo llena la cocina.

El masaje que explotó en placer prohibido

Agarro su cabeza, pelo sudoroso. ‘Más profundo, cabrón’. Su nariz en mi pubis, lengua girando en mi agujero. Tetillas tiesas, me las pellizco bajo la camiseta. Olas de placer, caderas bailan. ‘¡Me vengo!’. Grito ahogado, coño contrayéndose, squirt en su boca. Él traga, lame todo. ‘Encore’, tatúo en mi ingle, él lo besa. Mi cuerpo tiembla, piernas flojas.

Se levanta, polla enorme en las mallas, mancha húmeda. Pero para. ‘Mañana escribes esto’, dice riendo. Se va sigiloso, bici bajo brazo. Yo jadeo sola, coño palpitante.

Al día siguiente, ascensor. Puertas cierran, solos. ‘Buenos días’, sonrisa pícara. Su mano roza mi culo disimulado. ‘Anoche… inolvidable’, susurra. Oímos pasos fuera, nos separamos. Secreto ardiente, miradas que prometen más. El pasillo huele a café, pero entre nosotros, a sexo fresco.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *