Era una noche de verano calurosa en nuestro edificio. Mi novio y yo acabábamos de llegar de cenar fuera. Oí el chapoteo del agua en la piscina común, esa que está detrás de las ventanas con persianas. Él se metió en la ducha, y yo… pues decidí fumar un cigarro en el borde. La luz tenue de las farolas filtraba entre las hojas, y el aire fresco me erizó la piel.
Allí estaba él, mi vecino del piso de al lado, un hombre de unos sesenta, bien conservado, con el pelo plateado y cuerpo atlético de quien hace deporte. Nadaba solo, y de repente paró. ‘Voy a salir, me estoy enfriando’, dijo bajito. Su voz grave me pilló desprevenida. ‘Perdón, no quería molestar’, murmuré, sintiendo el calor subir por mi cuello.
La sorpresa en la piscina común
‘¿Me pasas la toalla? Nado desnudo, es lo mejor’, soltó sin pudor. Me levanté, se la tendí, y ahí lo vi: salió del agua, polla colgando gruesa y rasada, huevos lisos balanceándose. Intenté no mirar, pero… joder, era impresionante para su edad. ‘No pasa nada, chica. Si quieres, úsala tú también por las noches. Nadie viene’, me guiñó. Mi coño se mojó al instante con esa idea prohibida, tan cerca de casa.
Los días siguientes, la tensión creció. En el ascensor, rozones ‘accidentales’, miradas que quemaban. Él sabía que yo lo había visto entero. Una noche, no aguanté. Bajé en bikini, pero me lo quité rápido. ‘Ven, nada conmigo’, me dijo desde el agua, ya desnudo. Nadamos, cuerpos rozando, risas nerviosas. El agua fría contrastaba con el fuego entre mis piernas.
Salió primero, toalla en mano. Yo subí detrás, goteando. ‘Estás helada’, murmuró, envolviéndome. Sus manos frotaron mi espalda, bajaron a las caderas… y no pararon. ‘Joder, qué tetas tan perfectas’, gruñó, chupando un pezón duro. Gemí bajito, mirando alrededor, el eco de nuestros jadeos en la noche quieta. El riesgo de que alguien abriera una ventana… me ponía a mil.
El clímax prohibido y el secreto al día siguiente
Me arrodillé sin pensarlo. Su polla ya tiesa, venosa, apuntando a mi cara. ‘Chúpamela, vecina puta’, ordenó suave pero firme. La tragué entera, lengua en las bolas, mamando con hambre. Él gemía, ‘Sí, así, cabrona, trágatela’. Me levantó, me abrió las piernas en el borde. ‘Mira qué coño depilado y mojado’. Su lengua entró en mi raja, lamiendo clítoris, metiendo dedos en el culo. ‘No pares, joder, me corro’, susurré, tapándome la boca.
Me puso en cuatro sobre la hamaca, polla frotando mi entrada. ‘Te voy a follar como a una perra’, dijo, embistiéndome de un golpe. Entró hasta el fondo, coño chorreando. Golpes brutales, piel contra piel chapoteando. ‘Cállate o nos pillan’, me tapó la boca mientras me taladraba. Cambió a mi culo, lubricado con mi propio jugo. ‘Primera vez, ¿eh? Aguanta’. Dos dedos primero, luego su verga gruesa abriéndome. Dolor y placer, grité ahogado.
Me folló el culo sin piedad, mano en mi clítoris. Corrí como loca, temblando. Él sacó, ‘Abre la boca, tragona’. Me corrió en la cara, chorros calientes en lengua y tetas. Lamí todo, mirándolo, salada y viciosa. ‘Eres una guarra de campeonato’, rio él, besándome el pelo.
Regresé a casa temblando, coño y culo palpitando. Mi novio ni preguntó, pero lo notó en mi cara sonrojada. Al día siguiente, en el pasillo, lo crucé. Pasos lentos, luz fluorescente parpadeando. Él sonrió pillo, yo bajé la vista sonrojada, pero mi coño se contrajo recordando. ‘Buen día, vecina’, susurró cerca, roce de manos. El secreto ardía entre nosotros, promesa de más noches prohibidas. Dios, qué vicio este edificio.