Vale, os cuento… Vivo en un edificio viejo en el centro, de esos con balcones que se miran. Al quinto, justo enfrente, está él, el señor L., un tipo de unos 45, casado, con niños. Alto, fuerte, pelo con canas, siempre serio. Lo pillé una noche espiando sin querer. La luz de su salón filtraba por las persianas, y ahí estaba, sin camisa, sudado después de entrenar. Sus músculos… joder, me mojé solo viéndolo. Me quedé paralizada, mano entre las piernas, tocándome despacio mientras él se secaba el pecho. El aire fresco del balcón me erizaba la piel, y oí sus pasos pesados en el suelo de madera.

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Días después, ascensor. Entramos los dos solos. Él con su bolsa de gym, oliendo a hombre, a sudor limpio. Yo con falda corta, tops ajustado. ‘Buenas’, murmuró, voz grave. Silencio. El ascensor sube lento, chirría. Siento su mirada en mis piernas. Me giro, sonrío. ‘Hace calor, ¿no?’, digo, mordiéndome el labio. Él asiente, ojos fijos. El ascensor para en mi piso, pero no salgo. Tensión. Su mano roza mi cintura ‘accidentalmente’. Corazón a mil. Puertas se cierran de nuevo. ‘¿Subo contigo?’, pregunto, voz ronca. Él duda, mira el pasillo vacío. ‘Solo un momento’, dice, tragando saliva.

La mirada indiscreta y la chispa en el ascensor

Paramos en su rellano. Puerta entreabierta, su mujer y niños fuera, cena familiar o algo. Nos metemos en el hueco de la escalera, oscuro, huele a humedad. Me empuja contra la pared, labios en mi cuello. ‘No deberíamos…’, murmura, pero su polla ya dura contra mi tripa. Le beso fuerte, lengua dentro, saboreo su barba. Manos por todas partes. Le bajo el pantalón, cojo su verga gruesa, venosa, gimiendo bajito. ‘Joder, qué polla tan grande’, susurro. Él me arranca las bragas, dedos en mi coño empapado. ‘Estás chorreando, puta’, gruñe, metiendo dos dedos, follando rápido. Oigo pasos lejanos en el portal, nos paramos, jadeando. El peligro… me excita más.

El sexo salvaje y el secreto del pasillo

No aguanto. Me arrodillo, chupo su polla, saliva goteando, bolas en la mano, pesadas. Él gime, mano en mi pelo, follando mi boca. ‘Para, o me corro’, dice. Le pongo condón, rápido. Me pone a cuatro patas en el suelo frío del rellano. Entra de golpe, polla llenándome el coño hasta el fondo. ‘¡Sí, fóllame fuerte!’, gimo, mordiendo mi mano para no gritar. Él embiste brutal, huevos golpeando mi clítoris, sudando. La escalera retumba con cada choque. ‘Calla, nos oyen’, jadea, tapándome la boca. Pero sigo gimiendo, orgasmo subiendo. Me corro temblando, coño apretando su verga. Él gruñe, se corre dentro, caliente a través del condón.

Se aparta, jadeamos. Se sube pantalones rápido. ‘Esto no pasó’, dice, pero sonríe. Yo recojo bragas, coño goteando. Bajamos por separado. Al día siguiente, pasillo. Él sale con la compra, yo con el perro. Nos miramos. ‘Buenos días, vecina’, dice normal, pero ojos brillan. Paso rozándole, siento su olor. ‘Sí, buen día’, respondo, guiñando. En mi piso, me toco recordando, el secreto quema. ¿Volverá a pasar? El ascensor espera…

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