Ay, chicas, no sé por dónde empezar. Vivo en un edificio viejo en la costa de Sardaigne, con balcones que se miran de frente. La luna llena ilumina todo, el mar brilla como un espejo. Esa noche, estaba en mi salón, las persianas entreabiertas, un vaso de vino en la mano. Oí risas… del balcón de enfrente, el del vecino de arriba. Él, alto, moreno, con ese cuerpo curtido por el sol. Ella, su mujer, inclinada en la barandilla, el aire fresco del mar en la piel.

Los vi clarito. Él le bajaba el bikini, le metía los dedos en el coño desde atrás. Ella gemía bajito, ‘Sí, amor, así…’. La luz de la luna filtraba por las hojas de los pinos, sombras bailando en sus cuerpos. Mi pulso se aceleró. Me acerqué más a la ventana, el corazón latiéndome fuerte. Él la giró, le abrió las piernas y se la metió de un empujón. Polla gruesa, dura, entrando y saliendo. Ella se mordía el labio, el sonido de carne contra carne llegaba hasta mí, mezclado con el rumor de las olas.

La mirada indiscreta y la tensión que sube

De repente, me vio. Nuestras miradas se cruzaron. No paró. Siguió follándola, pero sonriendo, como retándome. Yo no pude moverme, mi coño ya chorreaba. Él aceleró, la llenó de leche y ella gritó. Se apartó, polla brillando, y me guiñó un ojo. Me escondí, roja como un tomate, pero excitadísima.

Al día siguiente, bajando en el ascensor, pasos en el pasillo. Era él. Entró, el espacio chico, su olor a mar y sudor. ‘Buenas noches no fueron, ¿eh?’, murmuró, voz ronca. Hesité, ‘Yo… no vi nada’. Mentira tonta. Se acercó, su mano en mi cintura. ‘Mentira. Te gustó’. El ascensor paró entre pisos, botón atascado. Su boca en mi cuello, mordiendo suave. ‘Quiero verte como ayer’, dijo. La barrera cayó. Le besé, desesperada.

El polvo brutal y el secreto compartido

Me dio la vuelta, falda arriba, bragas abajo. ‘Qué culito tan rico’, gruñó. Sentí sus dedos, húmedos de mi coño, rodeando mi ano. ‘¿Quieres que te folle aquí?’. ‘Sí, joder, métemela’, jadeé. Escupió en su polla, gorda y venosa, y empujó. Duele al principio, quema, pero luego… ay, dios. Entró entero, bolas contra mi piel. El ascensor crujía, miedo a que alguien pulsara. Me follaba fuerte, ‘Toma, puta vecina, te abro el culo’. Gemía ahogado, yo tapándome la boca. Plaf, plaf, su vientre contra mis nalgas. Sudor goteando, aire cargado de sexo. ‘Me corro’, avisó. ‘Dentro, lléname’. Caliente, espeso, inundándome el culo. Se quedó quieto, respirando en mi oreja.

Pulsó el botón, bajamos. Salí temblando, semen chorreando por mis piernas. Él sonrió, ‘Hasta mañana, vecina’. Cerró la puerta.

Al día siguiente, en el pasillo. Nuestros ojos se cruzan. Él con la compra, yo con el correo. Silencio pesado, pero ese secreto quema. ‘¿Dormiste bien?’, pregunta inocente, guiño. Sonrío, ‘Como un bebé’. Pasos en el corredor, vecinos pasando, ajenos. Mi ano aún palpita, recuerdo su polla abriéndome. El placer del peligro, de ser vista… adictivo. No sé si pasará otra vez, pero ya espero la próxima luna llena.

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