Ay, chicas, no sabéis lo que me pasó el otro día con la vecina del quinto. Se llama Laura, rubia, culito prieto, siempre con esa sonrisita de superioridad. La he visto mil veces en el pasillo, taconeando, meneando las tetas. Pero todo empezó una noche de verano. Estaba en mi balcón fumando un cigarro, el aire fresco me erizaba la piel, y oí gemidos. De su ventana, entre las persianas mal cerradas, la luz amarilla filtraba. Allí estaba ella, a cuatro patas en la cama, su novio embistiéndola por detrás. ‘¡Más fuerte, joder!’, gritaba. Su polla entraba y salía, chapoteando en su coño mojado. Me quedé clavada, la mano en mi braguita, tocándome despacio. El peligro de que me pillaran… uf, me ponía cardiaco.

Al día siguiente, en el ascensor, solos ella y yo. Subíamos del garaje, el zumbido del motor, olor a su perfume dulce. ‘¿Viste algo anoche?’, me soltó con picardía. Me quedé muda, el corazón latiendo. ‘Quizá’, murmuré, sonrojada. Sus ojos bajaron a mis tetas, mordiéndose el labio. El ascensor paró en mi piso. ‘Ven a tomar algo’, le dije, el frisson del prohibido me quemaba. Entramos, mi novio Raúl ya estaba en casa, en bata después de la ducha. Le conté todo, riendo. Pero esa noche, salí a comprar pan. Al volver, pasos en el pasillo, puerta entreabierta. Oí su voz: ‘Raúl, eres tan guapo… Aline no te merece’. La muy puta, en toalla, intentando besar a mi hombre.

La mirada indiscreta desde mi balcón

Entré sigilosa, el suelo crujió un poco. ‘¿Qué coño haces, zorra?’, espeté. Ella se giró, toalla cayendo, tetas firmes, coño depilado reluciendo. Raúl, polla medio dura bajo la bata. ‘¡Sorpresa!’, reí maliciosa. La empujé al suelo, de rodillas. ‘Tú querías polla, ¿eh? Mira esta’. Abrí la bata de Raúl, su verga gruesa saltó, venosa, goteando. Laura jadeaba, rodillas apretadas. Yo me quité la falda, coño chorreando de rabia y excitación. ‘Esto es mío’, gruñí, empuñándola, chupándola profundo. Glup, glup, saliva cayendo, su lengua plana lamiendo el tronco. ‘Mira, puta, así se mama una polla de verdad’. Ella se acercó, ojos vidriosos, tetas hinchadas. ‘No toques’, le ladré, escupiendo en su cara. Raúl gemía, manos en mi pelo, follando mi boca. El vecino de al lado podía oír, paredes finas, ese riesgo… me hacía mojar más.

La explosión de placer en el piso

La obligué a mirar mientras la tragaba entera, nariz en sus huevos peludos. ‘¿Quieres? Pide’. ‘Por favor… dame esa polla gorda’, suplicó, mano en su clítoris. Le di una bofetada en la teta. ‘Lame mi coño primero, traidora’. Me senté en la cara de Raúl, no, la puse a ella debajo. Lengua ansiosa en mi raja, lamiendo mis labios hinchados, chupando jugos. Raúl me folló el coño desde atrás, polla abriéndose paso, chapoteo fuerte. ‘¡Cállate o nos oyen!’, siseé, pero gemí alto. Ella lamía donde podíamos, mi clítoris, sus huevos. Cambiamos: la puse a cuatro, dedo en su culito virgen. ‘¡Joder, qué estrecha!’. Raúl la penetró, polla desapareciendo en su coño apretado. Yo le metí dedos en la boca. Orgasmos en cadena, él eyaculando dentro, leche goteando. Yo squirté en su cara.

Al día siguiente, pasillo. Ella saliendo, mejillas rojas, falda corta. Nuestras miradas se cruzaron, sonrisa culpable. ‘Buen día’, susurró. Mi mano rozó su culo disimuladamente. Raúl detrás, guiño. El secreto quema, cada crujido de puerta me excita. ¿Repetimos? El edificio es un nido de vicios.

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