Ay, chicas, no os lo vais a creer. Ayer por la mañana, mi novio ese cabrón juguetón me escondió las bragas bajo la pila de ropa sucia. Salí a toda hostia con una falda cortísima, sin darme cuenta de que iba el coño al aire. El pasillo del edificio estaba en silencio, solo se oían mis tacones clic-clac en el suelo frío de mármol. Luz grisácea filtrándose por las persianas del rellano.

El ascensor llega con un ding sordo. Entro, pulso bajo. Se para en el 3º. Puertas se abren lentas, y entra ella: Sofía, mi vecina del 3ºB. Esa morena de curvas generosas, tetas grandes que se marcan bajo la blusa, y siempre con ese aire de saber lo que quiere. La he pillado alguna vez en el balcón, fumando en bata, piernas abiertas dejando que el sol le caliente el chocho.

La mirada en el ascensor y la tensión que sube

—Hola, vecinita —dice con voz ronca, ojos bajando directo a mis muslos—. ¿Vas fresca hoy, eh? Con este viento…

Siento una ráfaga fría del hueco del ascensor, mi falda se levanta un pelín. Mi coño peludo, sin depilar porque a mi novio le pone así, expuesto un segundo. Ella lo ve todo, sonrisa pícara, mordiéndose el labio. Trago saliva, nervios y un cosquilleo en el clítoris.

—Eh… sí, olvidé las bragas. Mi tío me las quitó por joda —balbuceo, roja como un tomate.

—Qué casualidad, yo tampoco llevo hoy —susurra, piernas entreabiertas, y juro que veo pelos negros asomando por los lados de su falda lápiz—. Si quieres, pásate luego, te presto unas mías.

El ascensor para en bajo con un zumbido. Salimos, su perfume dulce mezclado con mi sudor nervioso. Toda el día pensando en eso, el peligro de ser vecinas, paredes finas, vecinos cotillas.

Por la tarde, pium: WhatsApp de ella. Una foto zoom de mi entrepierna en el ascensor, mi coño abierto, pelos rizados visibles. “¡Vaya, sin braguita! ¿Te mola que te miren?”. Me mojo al instante, huelo mi excitación.

Le mando una mía ahora, piernas abiertas en mi sofá: “Tú tampoco llevabas, poiluda. Muéstrame la tuya”.

El polvo brutal y el secreto en el pasillo

Su respuesta: foto de su chocho de cerca, selva negra húmeda, labios hinchados. “Ven ya a mi piso, te doy mi tanguita usada pa tu novio”.

Subo temblando, corazón desbocado. Abre la puerta en bata entreabierta, tetas al aire, pezones duros. Me empuja dentro, olor a incienso y coño caliente. Saca del tendedero su tanga blanca, empapada, pegajosa de jugos y un toque de pis fuerte. “Huele, pruébala”, dice.

La pego a la nariz, sabor salado en lengua. Nos besamos feroz, lenguas enredadas. La tumbo en el sofá, le arranco la bata. Chupo sus tetas, muerdo pezones. Bajo a su coño: peludo, jugoso, clítoris palpitante. “¡Joder, qué chocho peludo y rico!”, gimo lamiendo adentro, succionando labios.

—Come más, puta vecina, ¡ahhh! —gime ella, agarrándome el pelo—. Pero calla, que nos oyen los del 4º.

Miedo delicioso, gemidos ahogados. Me mete dos dedos en el coño, luego en el culo, me folla duro. Yo tres en su chocho chorreante. Nos frotamos coños, tribbing salvaje, pelos enredados, jugos resbalando por culos. Sudor, olores mezclados, sofá crujiendo. Orgasmo brutal: grito en su boca, ella tiembla convulsionando, squirt en mi muslo.

Después, aire fresco del balcón abierto, luces de persianas vecinas parpadeando. Fumamos, piernas entrelazadas. “Mañana en el pasillo, como si nada”, guiña.

Hoy, cruce en el rellano. Pasos suaves, su mirada cómplice, mano rozando mi culo disimulada. “Buenos días”, sonrisa que dice ‘quiero repetir’. Mi coño palpita, secreto ardiendo entre nosotras.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *