Estaba en mi balcón, con el aire fresco de la noche pegándome en la piel. Lluvia fina en los cristales, ese golpeteo rítmico que me pone cachonda. Miré por casualidad al salón de Silvia, la vecina del 4ºB. Sus persianas mal cerradas dejaban filtrar una luz amarilla. Ella, bruna como yo, morena intensa, se movía despacio. ¿Masturbándose? Su mano bajaba, subía, el pecho agitado. Joder, el corazón me latió fuerte. Me quedé ahí, paralizada, el cigarro quemándome los dedos. No pude apartar la vista. Ese frisson del voyeur, el peligro de que me viera.
Al día siguiente, en el ascensor. Pasos en el pasillo, eco hueco. Entró ella, con una sonrisa tensa. ‘Hola, ¿qué tal?’, dijo, voz ronca. El espacio chiquito, su perfume invadiendo todo. Nuestros brazos rozándose. ‘Bien… vi algo anoche’, solté, sin pensar. Sus ojos se abrieron, pupilas dilatadas. ‘¿Qué viste?’, susurró, mordiéndose el labio. El ascensor paró entre pisos, un tirón. Luz parpadeante. ‘Te vi tocarte… me puso caliente’. Silencio. Su mano en mi cintura, temblando. ‘¿Y qué? ¿Te gustó?’, acercó su boca. El aliento caliente en mi cuello. Barriera caída. La besé, lengua dentro, salvaje. Botón de parada pulsado. ‘Ven a mi casa ahora’, jadeó.
La mirada indiscreta y la tensión en el pasillo
Entramos en su piso, puerta azotada. Cocina, luz tenue. Manos por todas partes. ‘Shhh, los vecinos oyen todo’, murmuró, mientras me quitaba la blusa. Sus tetas firmes contra las mías, pezones duros como piedras. Le bajé los pantalones, coño depilado, ya mojado. ‘Joder, estás chorreando’, le dije, dedo dentro. Gemido ahogado, ‘Sí, fóllame con la lengua’. La senté en la encimera, piernas abiertas. Lamí su clítoris, hinchado, salado. Chupé fuerte, dos dedos metidos, bombeando. ‘¡Ay, coño, más!’, gritó bajito, mano en mi pelo. El slap de mi boca en su coño, jugos por mi barbilla. Ella me volteó, ‘Ahora tú’. Me arrodillé, su lengua en mi raja, chupando el culo también. ‘Me vas a hacer correrme’, gemí, mordiendo mi labio. Dedos en mi chocho, tres, estirándome. Orgasmo brutal, piernas temblando, chorro en su cara. Ella se corrió después, squirt en la encimera, ‘¡Dios, qué puta eres!’.
El polvo salvaje y el secreto compartido
Sudorosas, jadeantes. Nos vestimos rápido, risas nerviosas. ‘Los vecinos habrán oído’, dijo, limpiando con un trapo. ‘Me encanta el riesgo’, respondí, beso rápido. Salí, piernas flojas.
Al día siguiente, pasillo. Pasos lentos. Nos cruzamos, miradas cómplices. ‘Buenas’, sonrisa pícara. Su mano rozó la mía, secreto ardiendo. ‘Otra vez?’, susurró. Asentí. El edificio ya no es el mismo.