No podía dormir. Era de noche, el aire fresco del balcón me rozaba la piel. Oí un gemido bajito, como un suspiro ahogado. Miré por la rendija de las persianas del vecino. Lucía, la de al lado, estaba ahí, en su balcón. Luz tenue filtrando los stores, iluminaba su silueta. Se tocaba el coño despacio, los dedos hundiéndose, la cabeza echada atrás. Sus tetas subían y bajaban rápido. Me mojé al instante. ¿Me vio? No sé, pero siguió, gimiendo suave, el sonido de su mano húmeda llegando hasta mí.
Al día siguiente, en el ascensor. Solas. Nuestras miradas se cruzaron. ‘Buenas’, murmuró ella, voz ronca. El aire se cargó. Sus pechos rozaron mi brazo al moverme. Sentí su calor. ‘Anoche… ¿dormiste bien?’, preguntó, ojos fijos en los míos. Tragué saliva. ‘Sí… oí algo’. Sonrió, maliciosa. El ascensor paró en su piso. ‘Sube un rato?’, susurró, mano en mi cintura. El corazón me latía fuerte. Entramos. Puerta cerrada, y ya.
La mirada que encendió todo
Me empujó contra la pared del pasillo. ‘Te vi mirando, puta voyeur’, gruñó, labios en mi cuello. La besé furiosa, lenguas enredadas, saliva chorreando. ‘Cállate, nos oirán los vecinos’, jadeé. Pero ella ya me quitaba la blusa, mordiendo mis tetas. ‘Que oigan cómo te follo el coño’. La tiré al sofá, le arranqué las bragas. Su coño depilado brillaba, hinchado. Lo lamí entero, lengua plana desde el culo hasta el clítoris. ‘¡Joder, sí! Chúpame la concha, zorra’. Gemía alto, yo tapándole la boca. Metí dos dedos, bombeando fuerte, mientras succionaba su clito duro como piedra.
Follada salvaje con riesgo
‘Ahora mi culo’, ordenó, girándose a cuatro patas. Le escupí en el ano, lengua dentro, saboreando su sabor amargo. ‘¡Más profundo, lame mi ojete!’. Me follaba la cara con el culo, moviéndose salvaje. Oí pasos en el pasillo fuera. ‘¡Shh, alguien viene!’, susurré. Eso la excitó más. ‘Que nos pillen, me da igual’. Se giró, me abrió las piernas. ‘Tu turno, abre esa chucha mojada’. Tres dedos en mi coño, lengua en mi clítoris, me hacía gritar. ‘¡No pares, cabrona!’. Corrí como loca, chorros salpicando su cara. Ella se subió encima, tribbing coños, clítoris rozando clítoris, sudor y jugos mezclados. ‘¡Me corro! ¡Fóllame más!’, gritó, y yo la apreté contra mí, orgasmos explotando juntos. El sofá crujía, vecinos de arriba golpearon el suelo. Miedo y placer puro.
Agotadas, tumbadas. ‘Fue… increíble’, murmuró, besándome suave. ‘Nuestro secreto’. Asentí, piernas temblando. Al día siguiente, pasillo. Pasos en el suelo. Nos cruzamos. Sus ojos brillaron, sonrisa cómplice. ‘Buenos días’, dijo bajito, rozando mi mano. Sentí el calor subir otra vez. El secreto quema, pero qué vicio. Quién sabe cuándo repetimos.