Acababa de mudarme al edificio viejo del centro. El apartamento era chiquito, pero el balcón daba justo al de enfrente. Esa tarde, el sol filtraba por las persianas mal cerradas. Oí pasos en el pasillo, ruido de bolsas. Luego, silencio. Me asomé un poco, curiosa. Y ahí estaba ella. Mi vecina nueva, rubia, con curvas de infarto. Se quitó la blusa despacio, sin prisa. Sus tetas grandes saltaron libres del sujetador. Dios, qué pezones duros. Se miró al espejo, se tocó, se mordió el labio. Yo me quedé clavada, el corazón latiendo fuerte. El aire fresco del balcón me erizó la piel.
Al día siguiente, en el ascensor. Vacío, solo nosotras. Ella entró oliendo a perfume dulce, falda corta. ‘Hola, vecina’, dijo con voz ronca, sonriendo pícara. Yo tragué saliva. ‘Hola… te vi ayer, por el balcón’. Se acercó, su aliento en mi cuello. ‘¿Sí? ¿Y qué viste?’. Dudé, roja. ‘Te… cambiabas. Estabas… caliente’. Sus ojos brillaron. El ascensor paró entre pisos, crujió. ‘¿Quieres ver más de cerca?’, murmuró, su mano en mi muslo. El peligro me mojó al instante. Afuera, voces en el pasillo. Pulsé el botón, pero ella me besó, lengua dentro, salvaje.
La mirada que lo empezó todo
La puerta se abrió en su piso. Me arrastró a su piso, cadena echada. ‘Shh, no hagas ruido, las paredes son finas’, susurró. Me empujó contra la pared del pasillo interno, luces tenues. Sus manos bajo mi camiseta, pellizcando mis pezones. ‘Joder, estás empapada’, gruñó. Le bajé los pantalones, su coño rasurado brillaba. Lamí sus tetas, mordí fuerte. Ella jadeó, ‘Sí, chúpame la concha’. Me arrodillé, metí la lengua profunda, saboreando su jugo salado. Gemí bajito, oyendo pasos fuera. El miedo me ponía más cachonda.
El polvo brutal y el secreto compartido
Me levantó, me abrió las piernas. Dos dedos en mi coño, bombeando duro. ‘Vas a correrme dentro, puta vecinita’. Arcadas de placer, me corrí chorreando en su mano. Ella no paró, me giró, cara al espejo. ‘Mírate, zorra’. Sacó un vibrador del cajón, gordo, lo enchufó. Me lo clavó entero, vibrando contra mi clítoris. Grité ahogado, mordiendo su hombro. ‘Cállate o nos oyen’, siseó, follándome más rápido. Su otra mano en mi culo, dedo dentro. Doble penetración, orgasmo brutal. Ella se corrió encima, gritando mi nombre bajito. Sudor, olor a sexo por todo.
Agotadas, caímos al sofá. Besos lentos, risas nerviosas. ‘Esto queda entre nosotras’, dijo limpiándose. Asentí, piernas temblando. Mañana, en el ascensor de nuevo. Ojos cómplices, sonrisas sucias. ‘Buen día, vecina’, guiñó. Sentí su mano rozar mi culo disimuladamente. El secreto quema, quiero más. Cada crujido del edificio me excita ahora.