Era sábado por la mañana, el sol ya picaba en el parque de la urbanización. Yo en mi terraza baja, con un café humeante y un cigarro entre los dedos, fumando tranquilo. Los vi llegar de su footing: ella, unos treinta y cinco, culazo redondo bajo el short diminuto, tetas pequeñas pero firmes en esa brassiere blanca que se pegaba al sudor. Él, su marido o lo que sea, gris y cabreado. Se pusieron a estirar, pero el aire estaba cargado. Discutían en voz baja, él mascullando algo, ella con las mejillas rojas, no sé si de rabia o de correr.

De repente, boom: una bronca de las buenas. ‘¡Vete a la ducha de una puta vez, joder!’, le soltó ella, alto y claro. Él se largó pisando fuerte hacia el ascensor, puerta que se cierra con un portazo lejano. Ella se quedó sola, respirando hondo, y empezó sus estiramientos. Pero… uf, no eran normales. Se ponía de lado, arqueando la espalda, el short subiéndose hasta dejar ver casi la raja del coño. Se agachaba frente a mí, tetas colgando en la brassiere, pezones marcados. Miradas en coin, sonrisitas. Yo disimulaba, pero mi polla ya se ponía tiesa en los pantalones. El sudor le brillaba en la piel, pecas en hombros y escote, olor a esfuerzo y mujer que llegaba con la brisa.

La mirada que enciende el fuego

Pasos en el pasillo del edificio, eco suave. Se acerca a la barandilla de mi terraza. ‘Perdona…’, voz suave, jadeante. Gota de sudor le cae por el cuello. ‘Es que… tengo una sed que no veas. ¿Me das un vaso de agua? No quiero subir aún, con este cabreo.’ Bajó las tiras de la brassiere, hombros al aire, piel de leche con constelaciones de pecas. Le di el vaso, dedos rozándonos, electricidad. ‘Gracias… soy Laura, por cierto.’ Entró cuando se lo ofrecí, ‘Pasa cinco minutos, relájate.’

Cerré la puerta corredera, el aire fresco del balcón nos envolvía. Se sentó en el sofá, piernas abiertas sin pudor, short blanco como una braguita. ‘Mi marido es un gilipollas, siempre igual.’ Yo cerca, oliendo su sudor salado. Nuestras miradas chocaron, ella mordiéndose el labio. ‘Tú siempre aquí mirando, ¿eh?’ Sonrisa pícara. No lo negué. Me acerqué, mano en su rodilla. ‘Sí, y tú sabías.’ Beso suave primero, luego lengua dentro, manos en su brassiere. Se la quité, tetas pequeñas perfectas, pezones duros como piedras. ‘Joder, qué ganas tenía’, murmuró.

El polvo salvaje y el riesgo del pasillo

La tumbé en el sofá, short abajo, coño depilado, húmedo brillando. ‘Chúpame, por favor.’ Le comí el clítoris, lengua rápida, ella gimiendo bajo, ‘Shhh, que nos oye el edificio’. Dedos dentro, chorreando jugos, sabor salado y dulce. Se levantó, polla fuera ya tiesa. ‘Dame esa verga.’ Me la mamó honda, saliva goteando, ojos mirándome mientras la tragaba. ‘Fóllame ya, no aguanto.’ La puse a cuatro, desde atrás, polla entrando en su coño apretado, caliente como horno. Golpes fuertes, piel chocando, ‘¡Ay, sí, más fuerte!’. Sus tetas balanceándose, yo apretando culazo perfecto. Cambio: ella encima, cabalgando salvaje, uñas en mi pecho, ‘Me corro, joder, me corro…’. Gemí alto, follándola profundo, semen llenándole el coño mientras temblaba.

Sudados, jadeantes, nos vestimos rápido. ‘Ha sido… increíble’, susurro, beso rápido. Se fue por la terraza al balcón vecino, sigilo total. Al día siguiente, pasillo del bloque. Pasos. Ella saliendo con bolsas, yo bajando cubos. Miradas cruzadas, sonrisa secreta, rubor en mejillas. ‘Buenos días’, voz normalita, pero ojos diciendo ‘anoche te follé como una puta’. Su marido detrás, ajeno. El secreto quema, y ya quiero más.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *