Ay, qué nochecita. Estaba en mi balcón, fumando un cigarro a escondidas, con el aire fresco rozándome las piernas. Oí pasos en el pasillo, risitas ahogadas. La luz de la habitación de al lado filtraba por las persianas mal cerradas. Me acerqué, curiosa, el corazón latiéndome fuerte. Eran ellas, mis vecinas, las dos guapas que viven juntas. Una morena con tetas enormes, la otra rubia menuda, como una elfa del porno.
Se ayudaban mutuamente, desnudas. La morena sacó unos piercings brillantes, de metal fino con piedritas. ‘¿Te duele?’, susurró la rubia. ‘Qué va, mira cómo entra’, contestó la otra, pellizcándose el pezón duro. Lo pinchó horizontal, sin sangre, solo un gemido. ‘Joder, qué placer… me pone cachonda’. La rubia hizo lo mismo en el otro pecho, tetas temblando. Luego bajaron, abrieron piernas en el sofá. ‘Ahora el clítoris, venga’. La morena separó los labios del coño, mojado ya, y metió el aro en el botón hinchado. ‘¡Ay, mierda, qué cosquilleo! Quiero follar ya’. Se miraban, tocándose, el aire cargado de olor a sexo.
La mirada indiscreta desde el balcón
Yo ahí, paralizada, mano en mi braguita, frotándome el clítoris. El peligro de que me pillaran me ponía a mil. Pasos en el pasillo de nuevo. Era él, el novio de la morena, un tipo bajo pero musculoso, barba, como un enano cachondo. Entró, las vio y sonrió. ‘Joder, qué tetas perforadas’. Pero se fue rápido, quizás a por condones.
Al día siguiente, bajo al ascensor. Él está ahí, solo. Nuestras miradas chocan. Sabe que espié, lo veo en su sonrisa lobuna. ‘¿Te gustó el espectáculo?’, murmura, acercándose. El ascensor baja lento, zumbido constante. ‘No sé de qué hablas’, digo yo, pero mi coño palpita. Me empuja contra la pared, mano en mi falda. ‘Mentira, te vi por la rendija’. Sus dedos rozan mi tanga empapada. ‘Estás chorreando’. Le bajo la cremallera, su polla salta, gruesa, venosa, cabezona. ‘Fóllame ya, joder’, gimo.
El secreto compartido en el pasillo
Me da la vuelta, falda arriba, tanga a un lado. Entra de un empujón, polla dura partiéndome el coño. ‘¡Qué prieta estás, puta vecina!’, gruñe, embistiéndome fuerte. El ascensor tiembla, botones parpadean. Muerdo mi labio para no gritar, pero gimo: ‘Más, rómpeme… ay, tus pelotas contra mi culo’. Él me agarra las tetas, pellizca pezones. ‘Tus vecinas tienen piercings, ¿quieres uno?’. Siento su verga hinchándose, coño chorreando jugos por las piernas. ‘Me corro… ¡córrete dentro!’, suplico. Eyacula caliente, llenándome, mientras freno el ascensor entre pisos. Sudor, olor a polla y coño, respiramos agitados.
Sale primero, guiño. Yo subo a casa temblando, semen goteando. Al día siguiente, cruce en el pasillo. Él con bolsas, yo con bata. ‘Buenas’, dice casual. Nuestras miradas queman, sonrisa cómplice. Oigo risitas detrás de su puerta, ellas dentro. El secreto nos une, el frisson del prohibido. Quién sabe qué pasará la próxima vez…