Vivo en un edificio viejo de Madrid, paredes finas, balcones pegados. Mi vecina de al lado, Doña Carmen, ochenta tacos pero… uf, qué mujer. Pelo blanco en moño perfecto, coqueta con faldas hasta la rodilla y blusas que marcan sus tetas generosas, sujetador 95C siempre. La observo a menudo desde mi balcón, eh… no sé, el morbo de verla sola, fumando de noche con la bata entreabierta, dejando ver esas piernas largas sin varices, de cuando hacía ciclismo con su difunto marido.
Ayer por la tarde, coincidimos en el ascensor. Vacío, solo nosotros. Subía con bolsas de la compra, ella con un vestido ligero de verano, maquillaje sutil. “Hola, guapa”, me dice con voz temblorosa pero ojos picantes. El ascensor arranca, viejo, traquetea. Se acerca, roza mi brazo con su teta. Siento su calor. “Hace calor, ¿verdad?”, murmura. Mi polla se despierta. La miro fijo, ella baja la vista a mi paquete. El ascensor para en su piso. “Sube un momento, tengo algo para ti”, susurra. La sigo, corazón latiendo fuerte. Entra, cierra la puerta. “Te he visto mirándome desde el balcón, cabronazo. ¿Quieres verme de verdad?”
La mirada voyeur y el ascensor cargado de deseo
No espero. La beso duro en la boca, lengua dentro, sabe a café y carmín. Manos en sus tetas, pesadas pero firmes, pezones duros como piedras. Gime bajito, “Shhh, las paredes oyen”. La arrincono contra la pared del salón, subo la falda. Nada de bragas, coño peludo, húmedo ya. “Llevo treinta años sin polla, fóllame”. Le meto dos dedos, moja como una niña. La tumbo en el sofá, le arranco el vestido. Tetas al aire, blancas, areolas grandes. Chupo un pezón, muerdo suave. Ella jadea, “¡Ay, Dios, más!”. Me bajo los pantalones, polla tiesa saltando. Me la agarra, “Qué gorda, dame”. Se la mete en la boca, chupa torpe pero hambrienta, saliva chorreando.
El polvo brutal y el secreto ardiente del pasillo
La pongo a cuatro patas, culo arriba, arrugado pero apetecible. Le escupo en el ano, meto un dedo. “¿El culo también? Virgen ahí”. Empujo la polla en su coño primero, resbaladizo, follo fuerte, plaf plaf contra sus nalgas. Grita ahogada, “¡Me rompes, joder, qué rico!”. Cambio a su culo, despacio, aprieta pero entra. La sodomizo brutal, mano en su clítoris peludo frotando. Tiembla, “Me corro, cabrón”. Se corre gritando, yo la lleno de leche en el recto, chorros calientes. Sudor, olor a sexo crudo. Luego ducha: la enjabono, dedos en coño y culo otra vez, ella me la menea hasta correrme en sus tetas.
Salgo sudado, ella en bata, sonriendo pícara. “Vuelve pronto, vecino”. Hoy en el pasillo, cruzamos miradas. Pasos lentos en el suelo de mármol, luz filtrando por la claraboya. Ella guiña, roza mi mano. “Buen día”, dice normalita, pero sus ojos queman: sabe que huelo a su coño todavía. Mi polla late, secreto nuestro, prohibido, delicioso. Mañana… quién sabe si el ascensor nos pilla otra vez.