Ayer por la noche, el calor era asfixiante. Abrí la ventana del balcón para que entrara un poco de aire fresco. La luz de la luna filtraba entre las persianas del vecino del 3ºB. Y entonces la vi. La vecina nueva, esa morena de curvas que saluda siempre con una sonrisa pícara. Estaba sola en su salón, recostada en el sofá, con las piernas abiertas. Sus dedos bajaban lentos por el vientre, rozando el borde de la braguita.
Me quedé paralizada. El corazón me latía fuerte. Oí los pasos de mi novio, Pablo, detrás de mí. ‘¿Qué miras?’, murmuró en mi oído, su aliento caliente en el cuello. Le señalé sin hablar. Sus piernas se abrieron más, el tejido se hundía bajo sus dedos. Subían y bajaban, marcando el contorno de su coño. ‘Joder…’, susurró él, pegándose a mi espalda. Sentí su polla endureciéndose contra mi culo.
La visión prohibida en el balcón
No podíamos apartar la vista. Ella metió la mano dentro, el movimiento del algodón lo delataba todo: rozaba sus labios, el clítoris, entraba un dedo en la entrada húmeda. Se mordía el labio, los ojos cerrados. Nosotros… nosotros empezamos a tocarnos. Mi mano atrás, apretando su paquete. Él me levantó la camiseta, dedos en mis tetas, pellizcando los pezones. ‘Mira cómo se toca el coño’, me dijo al oído. El peligro de que nos viera nos ponía a mil.
Ella se quitó la braguita de un tirón. Liso, depilado, brillando bajo la luz tenue. Dos dedos dentro, sacándolos chorreando, luego al clítoris en círculos rápidos. Pablo me bajó los shorts. Su mano en mi coño, ya empapado. ‘Estás chorreando’, gruñó. Yo le abrí el pantalón, saqué su polla tiesa, la apreté de arriba abajo. Nos masturbábamos mutuamente mirando el espectáculo. El ruido de sus dedos chapoteando llegaba flojo, como un secreto compartido.
No aguanté. Me giré, me arrodillé. Lamí su glande, lo chupé entero. Él gemía bajito, ‘Cuidado, que nos oiga’. Pero ella estaba perdida: piernas en alto, coño abierto, dedos follando fuerte. Pablo me levantó, me apoyó en la barandilla. Me penetró de un golpe, su polla gruesa abriéndome. Follando despacio al principio, el plaf-plaf de carne contra carne. ‘Más fuerte’, le pedí, tapándome la boca. Él aceleró, embistiéndome, bolas golpeando mi culo. Yo me tocaba el clítoris, viendo cómo ella se retorcía.
El secreto ardiente en el pasillo
Sus caderas se levantaban, gemidos ahogados. Se corría, el cuerpo arqueado, jugos bajando por sus muslos. Nosotros no paramos. Pablo me dio la vuelta, me sentó en el borde. Polla en mi boca de nuevo, follando mi garganta. Sus dedos en mi coño, tres dentro, saliendo relucientes. ‘Me voy a correr’, jadeó. Le saqué, apunté a mi boca. Chorros calientes, salados, tragándomelo todo. Él me lamió el coño entonces, lengua en mi clítoris hasta que exploté, mordiéndome el puño para no gritar.
Nos quedamos jadeando, abrazados. Ella nos vio al final, ojos abiertos, pero sonrió. Se levantó, se fue. Nosotros nos vestimos rápido, riendo nerviosos. ‘Mañana la vemos en el ascensor’, dijo Pablo.
Hoy, bajando la basura, pasos en el pasillo. Era ella. Nuestras miradas se cruzaron. Rubor en sus mejillas, pero una sonrisa cómplice. ‘Buenas noches’, dijo con voz ronca, rozándome el brazo al pasar. Sentí su calor. Pablo detrás, su mano en mi cintura. Sabíamos que el secreto quemaba. ‘Next time, juntos’, murmuró ella bajito antes de entrar en su puerta. El pasillo olía a deseo. Mañana… quién sabe.