Vivo en un edificio viejo de Madrid, de esos con balcones que se miran y ascensores que tardan una eternidad. Soy grande, con tetas pesadas que rebotan al caminar, caderas anchas y muslos que rozan. Hace meses noté a Dety, la nueva vecina del 4ºB. Malgache, como yo, pero piel negra, curvas idénticas: pechos enormes, culo firme, cuerpo de mujer real. La vi por primera vez desde mi ventana, filtrando luz por las persianas. Se quitaba la blusa en su salón, esos pezones oscuros asomando, duros. Me quedé clavada, coño húmedo de golpe. ¿Por qué me ponía así una mujer?

Los días siguientes, cruces en el pasillo. Sus pasos pesados resonando, eco en las escaleras. ‘Buenas’, murmuraba yo, voz temblorosa. Ella sonreía, ojos profundos, ‘Buenas tardes’. En el ascensor, una vez, nos pilló solas. Puerta cierra con ese clic metálico. Nuestros cuerpos casi tocándose, calor subiendo. Su perfume africano, sudor leve del día. Mi hombro roza su teta, accidental… o no. ‘Hace calor aquí, ¿no?’, dice ella, voz baja, ronca. Asiento, garganta seca. Sus dedos rozan mi mano al salir. Esa noche, en mi cama, me toco pensando en ella, gimiendo bajito por si oyen los vecinos.

La mirada que lo cambió todo en el edificio

La tensión crece. Mañana tras mañana, miradas en el rellano. Un día, lluvia fuerte, entro empapada. Ella abre su puerta, ‘Pasa, séca te’. Entro, corazón latiendo. Su piso huele a especias, ropa tendida. ‘Estás calada’, dice, tendiéndome una toalla. Se acerca, seca mi pelo, sus tetas contra mi espalda. Siento su aliento en mi cuello. ‘Eres como yo’, susurro. Ella ríe suave, ‘Sí, dos gordas cachondas’. Nuestras bocas se pegan, beso húmedo, lenguas enredadas. Manos por todos lados, quitando ropa. Sus pechos contra los míos, pezones frotándose. ‘Joder, qué tetas’, gimo.

No aguantamos. Vamos al ascensor del fondo, el de servicio, que nadie usa. Botón pulsado, sube lento. Puerta cierra, nos comemos. La empujo contra la pared metálica, fría. Le bajo los pantalones, coño negro, peludo, ya chorreando. ‘Lámeme’, pide, voz ahogada. Me arrodillo, huelo su excitación, salada. Lengua en su clítoris hinchado, grande como una polla pequeña. La chupo fuerte, ella gime, ‘¡Ay, coño, sí!’. Dedos dentro, tres, apretando su carne caliente. Sus jugos en mi barbilla. Me pone de pie, manos en mi culo, ‘Tu coño es mío’. Me abre las piernas, lengua experta en mi raja empapada. Me corro rápido, gritando bajito, ‘¡Dety, joder!’. Miedo a que oigan los vecinos, pasos en el pasillo arriba. Pero no paramos. Tribbing ahora, coños frotándose, clítoris contra clítoris, sudorosas, tetas aplastadas. ‘Me vengo otra vez’, jadea ella, cuerpo temblando. Yo también, chorro saliendo, mojando el suelo del ascensor. Olía a sexo puro, a puta prohibida.

El polvo salvaje con riesgo de ser oídas

El ascensor para, salimos jadeantes, ropa arrugada. ‘Mañana más’, susurra. Noche loca, soñando con su lengua.

Al día siguiente, pasillo. Luz tenue, pasos lejanos. Nos cruzamos, ella con bolsa de compra. Mirada cómplice, sonrisas torcidas. ‘Buenos días, vecina’, dice inocente, pero su mano roza mi culo disimulado. Siento el secreto quemando, coño palpitando de nuevo. Los vecinos pasan, ajenos. ‘Sí, buen día’, respondo, voz ronca. En mi piso, me toco recordando su sabor. Esto es adictivo, el riesgo, el morbo de lo cerca. Quiero más, siempre más.

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